Bueno, bueno, bueno… queridos amigos, fieles lectores del blog de Perdedores BTT, os traigo una entradita de las que hay que leerse con calma. Nada de aprovechar los cinco minutillos de ir al baño, no. En esta ocasión te merece la pena dedicarle algo más de tiempo y, me atrevo a sugerir, una cervecita (o lo que a ti te guste beber) y una tapita de morcilla de Burgos porque te voy a contar con mucho detalle el viaje de Bikepacking que hemos hecho por la Sierra de la Demanda, en la provincia de Burgos. Y va a ser una entrada larga, el que avisa no es traidor.
Preámbulos
Como seguramente ya sabes, hemos cogido por costumbre salir de viaje bicicletero una vez al año. No es algo nuevo, ya en una vida anterior se exploró mucho lo de viajar en bici (aún no se le llamaba «bikepacking» en España). Ahora que peinamos canas (los que tienen algo que peinar) hemos vuelto a montar las alforjas en las bicicletas para escaparnos tres días a recorrer los montes y disfrutar de la naturaleza y de las bondades gastronómicas de los lugares por los que pasamos. Con esta premisa, déjame que te recuerde, hace un par de años fuimos a Soria para hacer la que bautizamos con la Ruta de los Templarios Mojados. Esta escapada plantó unos cimientos más que sólidos que permitieron que al año siguiente fuéramos nada más y nada menos que 11 los perdedores que acudiríamos a la cita para recorrer un par de Vías Verdes entre Navarra y Guipúzcoa en lo que se convirtió en una de las experiencias más divertidas que hemos hecho jamás sobre la bici.
Pues bien, en 2026 el destino elegido fue la Sierra de la Demanda, al sureste de Burgos.
Para que veas dónde está, por si no te queda claro
¿Por qué este destino? No lo tenemos claro. Lo propuso Sergio después de volver del viaje de Navarra y Guipúzcoa y nos pareció bien. Él mismo dice que no se acuerda del motivo de la elección. Le suena que vio un artículo en «Con Alforjas», la famosa página web de cicloturismo. Tras un arduo proceso de investigación (he buscado en Google «con alforjas Sierra de la Demanda») he encontrado el artículo de marras. Aquí os lo dejo por si le queréis echar un ojo, que entre bomberos no tenemos que pisarnos la manguera. Además. «Con Alforjas» se mea en el blog de Perdedores BTT en cuanto a visitas y repercusión. ¿Qué le vamos a hacer? es un hecho y la realidad hay que aceptarla.
La cosa es que los mismos 11 nos apuntamos a la primera y sin dudarlo. Y en menos que canta un gallo ya teníamos el recorrido «depurado» y adaptado a nuestro estado de forma promedio (en Perdedores hay gente que anda mucho en bici y gente que no anda tanto), las reservas de alojamiento hechas y las ganas en constante crecimiento aguardando la fecha de poner rumbo a Burgos.
Etapa 1 – Burgos – Barbadillo de Herreros (67 Km – 883 m+)
Al césar lo que es del césar
Resulta que el pueblo de Javi (Javitxu de ahora en adelante) es Valdezate, cerca de Aranda de Duero y a mitad de camino entre Madrid (los 11 que fuimos residimos en distintos municipios de la Comunidad de Madrid) y Burgos.
Muy amablemente nos ofreció pasar la noche del jueves en su casa para ahorrarnos el alojamiento en Burgos. Aceptamos encantados porque si algo nos gusta a los Perdedores son las cosas gratis. Y, también te digo que no teníamos dudas, Javitxu se reveló como un anfitrión EX-CE-LEN-TE. Cenamos en el bar del pueblo unas hamburguesas que flipas. Precedidas por unas patatas bravas y… algunos tequeños. Yo no sabía que un tequeño pudiera dar tanto juego por parecerse a una minga, la verdad. Pero créeme si te digo que las bromas duraron hasta el domingo.
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En este bar se cena que flipas
Nos fuimos a dormir, repartidos por las distintas propiedades de Javitxu, con la ilusión de un niño la noche antes de irse de excursión. Bueno, en cierto modo es lo mismo: una excursión de mayores.
A la mañana siguiente el despertador sonó a las 7:00. El plan era desayunar allí mismo y coger los coches para ir a Burgos, que nuestra primera etapa salía desde allí. Se prepararon unas tostadas, café y algunos avíos más y poco después de las 8:00 estábamos saliendo del pueblo. Y a las 8:10 Sergio y yo ya habíamos parado en la gasolinera para meterle aire a las ruedas del coche. La esencia del Perdedorismo.
Por desgracia Javitxu y el primo Christian, por motivos laborales y familiares, no pudieron hacer la primera etapa con el resto. Pero no os preocupéis que estaba todo controlado y esa misma tarde se unieron a la expedición. Los nueve restantes aparcamos en Burgos y tras bajar las bicis de los portabicicletas, colocar las alforjas y darle los últimos retoques a lo que sea que había que retocar, comenzamos a dar pedales a las 10:30.
¡Comienza la aventura!
Salimos de Burgos por el carril bici que corre junto al río Arlanzón en dirección este. Tan agradable como efímero porque pronto giramos en dirección sureste para salir de la ciudad. Y ya sabes cómo suelen ser las afueras de las ciudades: tirando a feas. Además el sol ya estaba alto y rodábamos sin sombra. Apretaba el calor.
Tomamos el Camino Las Hazas y atravesamos Cardeñajimeno sin pena ni gloria. Era aún pronto para hacer una parada. Manteniendo la dirección cruzamos el rio Arlanzón y por la orilla norte avanzamos un ratito en paralelo al mismo. Rodamos entre campos de labor sin demasiado interés paisajístico. Ya ha habido conversaciones, porque las comparaciones son inevitables, al respecto del tipo de paisaje por el que vamos a rodar. Es muy, muy difícil llegar al nivel de espectacularidad del viaje de Navarra y Guipúzcoa. Allí vimos bosques impresionantes y escenas de costa de las que te quitan el hipo. Hay que ser consciente de que en esta ocasión no va a ser así y disfrutar de lo que el terreno pueda ofrecernos.
Y casi sin darnos cuenta, tras 20 kilómetros, llegamos a Arlanzón. Y aquí sí que hicimos una parada como Dios manda.
Este bar nos dio la vida
Arlanzón
No es que tuviéramos hambre, pero en el mundo del bikepacking hay varias máximas. Varias reglas de oro que uno no se puede saltar. La primera de ellas es que siempre que puedas parar en un bar a tomarte unas cervezas, debes hacerlo porque no sabes cuándo podrás volver a avituallarte. Es por el tema de la supervivencia, principalmente.
Cerveza Bidassoa, como la Vía Verde del bikepacking del año pasado. ¿Coincidencia? no lo creo
Y, colgando de la primera de las reglas, aparece la segunda: siempre que puedas, disfruta de las viandas locales. En este caso, estando en Burgos, no podemos dejar de pedir unas raciones de morcilla. Estaba que flipas, pero eso ya te lo puedes imaginar.
¿Cómo una cosa tan sencilla puede estar tan buena?
Tras esta paradita reparadora continuamos nuestra marcha. En Arlanzón empieza la Vía Verde de la Sierra de la Demanda. La seguiríamos hasta el final de etapa.
Siendo un antiguo trazado ferroviario, no tiene grandísimas cuestas (tú sigue leyendo de todas formas) porque los trenes no lo admitían. Vamos rodando más o menos con facilidad subiendo al 2%, aproximadamente. Las conversaciones se suceden, los grupos se hacen y se deshacen… lo normal. Hace calor pero lo sobrellevamos. Dejamos a la izquierda el Embalse del Arlanzón, que yo le hubiera puesto otro nombre ya que el río se llama Arlanzón y el pueblo se llama Arlanzón. Seguro que rodábamos por el Bosque Arlanzón, ya me lo veo yo venir, y de milagro la Vía Verde no se llama «Del Arlanzón». Pero bueno, divagaciones aparte, paramos a hacer una foto en el embalse:
Impresionantes imágenes del embalse
Lo que pasa es que nos quedó rara. Si te fijas bien, a la derecha de Miguel, detrás de la bici de Diana, se intuye un poco el agua. En esta ocasión, querido y fiel lector, vas a tener que hacer un ejercicio de confianza y creerme si te digo que ahí detrás había un embalse con el nivel de agua tirando a bajito.
Seguimos subiendo sin prisa pero sin pausa cuando, de repente y sin venir a cuento de nada, en el kilómetro 32 y medio nos encontramos con un cacho paredón de hormigón rayado que cada vez que lo recuerdo me tiemblan las canillas. No soy consciente si alguno de los que íbamos fue capaz de remontar ese cuestarro montado en la bicicleta. Yo, desde luego, no. Y los que me rodeaban, tampoco. Vaya tela marinera, si subirla caminando ya agotaba.
Menos mal que poco después, tras una leve pero reconfortante bajada y un tramo de subida, digamos, llevadera, llegamos a Pineda de la Sierra.
Pineda de la Sierra
Pasamos al otro lado del río (Arlanzón, ya sabes) usado, posiblemente, el «Puente Arlanzón» (esto me lo he inventado) y encontramos un bar con una terraza a la sombra que se nos caían dos lagrimones como dos fundas de guitarra. Además había una fuente ornamental con un agua que además de ser potable estaba fresquísima. Pedimos unas bebidas, el calor había aumentado. Todo era perfecto hasta que el camarero nos comunicó que no tenía nada de comer. Ni pinchos, ni raciones ni nada de nada. Bueno, algunas bolsas de aperitivos… pero poca cosa.
Demonios del pasado acudieron a mi mente. La historia se repetía. ¿Sería posible que volviéramos a quedarnos sin comer como nos pasó en Soria en la primera etapa de aquel viaje? Lo bueno es que como respetamos la segunda regla de oro del bikepacking, no llevábamos el estómago vacío. Los pinchos de tortilla y las raciones de morcilla de Arlanzón habían evitado que llegáramos a Pineda de la Sierra temblando de hambre.
Una buena terraza a la sombra
No obstante, cuando una puerta se cierra se abre una ventana. Raúl y un servidor nos acercamos al bar de al lado, el Restaurante La Casona. Le preguntamos a la muchacha si nos daría de comer en plan «informal». Ya sabéis, unos pinchos, unas raciones… lo que fuera que no necesitara mucha preparación porque éramos consientes de que éramos 9 personas sin reserva ninguna y serían las dos de la tarde. La camarera, tras persignarse repetidas veces y una vez hubo recuperado el color, dijo que podía hacernos unos bocatas. Y un Perdedor, aún no teniendo mucha hambre, se agarra a un clavo ardiendo cuando una camarera de la España vaciada le ofrece un bocata.
De manera que fuimos todos en procesión de un bar a otro, que apenas distaban 20 metros. Nos acomodamos en la terraza, a la sombra de un par de sombrillas y usando para sentarnos una mezcla de sillas de bar y bancos de madera del ayuntamiento. Una confesión personal: una de las imágenes que no voy a olvidar de este viaje es a uno de los Perdedores (cuya identidad voy a mantener en el anonimato) tumbado en uno de los bancos como si fuera la maja…. «semidesnuda». Porque llevaba ropa pero entre los pantalones cortos y que se le subió el maillot dejando al aire una porción considerable de barriga… se intuía algo de desnudez. No he visto yo tanto pelo junto desde mi última visita al zoo que vi a una madre gorila abrazando a su cría. Solo diré, para no dar muchas pistas, que esta persona (a la que adoro, todo sea dicho), es varón.
Como no teníamos excesiva hambre, pedimos un bocata para cada dos. Y no veas lo ricos que estaban. Que si de lomo con queso, filete de ternera con tomate… ¡Qué ricos!
La muerte
Después de un café, pusimos rumbo de vuelta a la vía verde pero paramos en una fuente (no la ornamental, otra) a rellenar los bidones porque otra de las máximas del bikepacking es que allá donde puedas, debes de rellenar de agua. Especialmente estando por encima de 30 grados.
Ya en el track, nos quedaban unos 8 kilómetros de subida constante. Con paciencia, talento y cabeza fuimos avanzando poco a poco. Alentados por el hecho de que tras este esfuerzo final, lo que vendría serían 12 kilómetros de bajada para terminar la etapa.
Pero, queridos amigos, no veas lo que nos esperaba como monstruo de final de fase: otra cuesta de hormigón rayado que era el PADRE de la que superamos anteriormente. El triple de larga y el doble de empinada, llegando a porcentajes del 28,6% como he podido ver posteriormente en Strava. Te cagas. El título de esta sección no es casual: casi me muero. Por supuesto, esta vez todos tuvimos que subir empujando la bici. Pero, en mi caso… ¡Tuve que parar tres o cuatro veces porque se me salía el corazón por la boca! Cuando llegué al final, con mucho alivio, me vino una arcada que tuvo que escucharse en toda la provincia. ¡Qué fatiga!
Aquí yo casi poto
Habíamos completado la subida al Puerto del Manquillo, con 1400 metros sobre el nivel del mar.
la bajada infinita
Recuperamos fuerzas con un descansito, que el esfuerzo había sido morrocotudo. Nos alegraba saber que ya no quedaba nada más que dejarse caer hasta Barbadillo de Herreros. Pero el comienzo de la bajada se las traía. Tenía muchísima pendiente, roderas enormes y mucha, mucha piedra suelta. Vamos, que el agarre era más bien deficiente. Tuvimos que echar pie a tierra en alguna ocasión, imagínate lo peligroso que era eso. Además, con las alforjas, la bici se comporta diferente, es evidente.
Una vez el camino se «normalizó», comenzamos a disfrutar. Rodábamos por un robledal que nos ofrecía una buena sombra. Era sencillo mantener velocidades superiores a los 20 kilómetros por hora. No obstante, seguro que con algo de lluvia el paisaje hubiera mejorado muchísimo. Estaba todo el monte demasiado seco.
Pero no podíamos relajarnos. Íbamos rápido y el «sol y sombra» del camino nos obligaba a ir con mil ojos porque por aquí y por allá el firme presentaba baches. Lo normal, vaya. Alguna alforja salió volando, de hecho.
Con calor pero con la satisfacción del trabajo bien hecho, llegamos a Barbadillo de los Herreros poco después de las 17:30 tras seis horas de jornada bicicletera.
Post-etapa
Nos alojábamos en el albergue Casa del Mayorazgo. Teníamos dos habitaciones grandes y nos repartimos 5 por un lado y 6 por el otro una vez el primo Christian y Javitxu se hubieran reunido con nosotros. Nos dimos una ducha muy merecida y bajamos al restaurante La Pradera a tomar algo.
En un periquete esta mesa se llenó de comida
Empalmamos con la cena. Pedimos un montón de raciones para compartir al medio. Todo muy rico, sobre todo después de la paliza en bici. Hubo, claro está, buenas conversaciones durante la cena y después decidimos dar un paseo por el pueblo para estirar las piernas antes de recogernos. Hacía muy buena noche, pero nos echamos una sudadera porque no veas cómo bajó la temperatura.
Cuando nos salimos del pueblo ya nos dimos la vuelta, que te pones a andar, te pones a andar y te haces la segunda etapa sin darte cuenta. Ya en el albergue hubo quien tuvo ganas todavía de hacer estiramientos.
No le dejan a uno dormir
¿Qué quieres que te diga? No dudo que es beneficioso, claro. Pero a mí no me quedaban ya energías así que me estiré todo lo que pude encima de la cama… ¡y a dormir! La etapa del día siguiente no era moco de pavo.
Etapa 2 – Barbadillo de Herreros – Barbadillo del Mercado (50 Km – 900 m+)
No te voy a decir que en el albergue pasara la mejor noche de mi vida, pero habiéndonos distribuido entre «roncadores potenciales» y «no roncadores» pude dormir lo suficiente como para reponer fuerzas. Pusimos el despertador a las ocho, pero minutos antes de que sonara ya estábamos todos en movimiento. Se ve que tenemos la hora cogida.
Como en el pueblo no había buen apaño para desayunar en bares (el restaurante de la cena estaría cerrado por motivos familiares), habíamos comprado la noche de antes un par de barras de pan y una botella de leche para poder hacer unas tostadas. El albergue proveía de café, mantequilla y mermelada. Un detallazo… del que dimos buena cuenta.
Se me vayan preparando
Si prisa pero sin pausa fuimos vistiéndonos de ciclistas, empaquetando nuestros equipajes en las alforjas o bolsas de bikepacking, rellenando los bidones de agua, echándonos crema para el sol… el procedimiento estándar del viajero en bicicleta, qué te voy a decir que tú no sepas ya.
Como ya estábamos los once, quisimos hacernos una foto grupal de inicio de ruta, que estas cosas hacen ilusión.
Foto de despedida del Albergue
Y serían cerca de las nueve cuando nos pusimos a dar pedales. Comenzamos bajando por la calle Mayor y giramos a la izquierda por encima del Río Pedroso en la calle San Francisco para llegar de nuevo a la Vía Verde de la Sierra de la Demanda, por donde llegamos al pueblo al tarde de antes.
Rodábamos por terreno conocido. La vía verde nos permitía mantener medias de velocidad razonablemente buenas e intercalábamos trozos de bosque, donde la sombra de los robles nos envolvía, con escenarios más abiertos. Campos de labor o praderas donde el ganado pastaba a sus anchas.
Adiós, vía verde
Tras cinco placenteros kilómetros dejamos por fin la vía verde. Y sufrimos el primer percance del viaje: un pinchazo. Jaime notó que su rueda delantera flaneaba y en menos que canta un gallo estaba completamente vacía de aire. Nos pusimos manos a la obra y en pocos minutos habíamos cambiado la cámara. Fue raro, porque el pinchazo fue interno, por la cara de las cabezas de los radios, y no vimos nada en el aro que pudiera haber provocado el pinchazo. Cruzamos los dedos para que no se pinchara también la cámara nueva y continuamos la marcha tras meterle bien de presión a la rueda. Que todos los problemas fueran como este.
Giramos a la derecha y tras un tramito corto por carretera llegamos a Huerta de Abajo. Atravesamos el pueblo sin pena ni gloria. Era muy temprano aún como para pensar en parar a tomar algo. Es más, no había donde hacerlo. Y teníamos en la mente otra cosa: los cinco kilómetros seguidos de subida para remontar 400 metros de desnivel.
La subida infinita
Lo mejor para subir con garantías un cerro largo es conocerse a uno mismo y marcarse un ritmo adecuado. Ir de menos a más. En Perdedores (imagino que pasará lo mismo en la mayoría de las grupetas) hay distintos niveles de forma y los más fuertes tiran para delante y los más flojeras vamos más despacio, juntitos, dándonos apoyo los unos a los otros. La subida, con una pendiente media de en torno al 6%, no era una locura por empinada (salvo algunos pasos concretos que superaban con creces el 10%) pero era muy, muy constante. Sin descansos. Y muy larga.
Al principio la disfrutamos. Había fuerzas y el paisaje era bonito. Poco a poco fuimos ganando altura y vimos el pueblo, Huerta de Abajo, muy abajo. Seguramente le pusieran el nombre mirándolo desde donde nosotros estábamos. Alguna horquilla de hormigón rayado nos minó un poco la moral. Aquello no se acababa nunca. Raúl, que estrenaba bici para bikepacking, llevaba un desarrollo 3×7 y su plato pequeño era muy grande y su corona grande era muy pequeña. Así que pasó las de Caín para poder subir. Si bajaba de determinada cadencia, se atrancaba. ¡Menuda pelea se trajo, vaya desgaste!
Esta subida tenía lo suyo
Yo, particularmente, encontré dos motivaciones: saber que era la mayor dificultad de todo el viaje y que una vez superada todo sería más sencillo y el hecho de que abajo, en Monasterio de la Sierra, podríamos parar a refrescarnos y comer algo.
En el refugio del Gayubar tuve que parar. Me meaba vivo (perdonad la vulgaridad, pero hay que decir las cosas como son). Apenas quedaban unos pocos cientos de metros para llegar al final, pero eso yo no lo sabía porque ya no me daba el conocimiento para mirar el cuentakilómetros y no llevaba GPS con «ClimbPro» ni Cristo que lo fundara.
Poco más y hubiera terminado la subida
La parada me vino bien para oxigenar las piernas y recuperar el aliento, pero luego me costó subirme a la bici de lo empinada que estaba la pista. Poco a poco remontamos los últimos metros que nos separaban de la torre de vigilancia que corona el monte y dimos la subida por finalizada. Olé.
No te pienses que ahora es solo dejarse caer
Nos reagrupamos porque los más rápidos nos esperaban bajo la sombra a los más lentos. Aprovechamos para comer algo y reponer energías, que las piernas habían sufrido durante la subida. Un bocadillo de guayaba, unas barritas, algunos frutos secos… de todo un poco.
Una vez listos, tomamos un camino que se abría entre los árboles. No demasiado llamativo, de menor entidad que la pista por la que habíamos subido. Y no tardó en complicarse la cosa tela marinera. Hubo quien disfrutó de la bajada de lo lindo, sobre todo los que usaban bolsas de bikepacking en vez de alforjas. Escalones de piedra, roderas, cantos rodados por aquí y por allá. Una gozada para ir con «la bici de los domingos», pero no tanto para ir con la bicicleta preparada para viajes relajados por vía verde. No obstante, confiando en la calidad de los componentes y siendo un poco fino, fuimos bajando con talento y echando pie a tierra donde fuera necesario. Porque lo que no íbamos a hacer es jugarnos el tipo en mitad de la nada, que menuda se te lía si te caes y te haces daño o si rompes, por ejemplo, una llanta.
Mucho cuidado porque te dejas los dientes
Este primer tramo de bajada moría en una pista ancha, el Camino del Cargaduelo. Y ahí nos reagrupamos. En esta ocasión, los más rápidos en bajar fueron los más lentos en subir. Es curioso este hecho que se da en Perdedores BTT y que, esta vez, no sé si es extensible al resto de comunidades ciclistas. Parece existir una regla matemática que fija como constante el producto entre fuerza subiendo y habilidad bajando. De manera que si una aumenta, la otra disminuye. Como si al nacer tuviéramos 100 puntos y los tuviéramos que distribuir entre las dos características y si ponemos muchos en una… nos quedamos sin puntos en la otra. Lo mismo esto pasa, pero como lo hacemos nada más nacer luego ya no nos acordamos. Que no te extrañe.
Un tramo un poco apestoso
El Camino del Cargaduelo nos llevaría hasta Monasterio de la Sierra, pero este trozo se me hizo raro, raro, raro. Enseguida nos encontramos una bajada pedregosa donde hubo que extremar la precaución o directamente echar pie a tierra. Y el pelotón se descompuso. Y como por arte de magia me vi entre dos grupos. Rodando virtualmente solo siendo un grupo de once personas, tócate las pelotas Manolito. No sé si habrá alguna otra regla matemática que explique esto, pero a mí me parece sorprendente y paradójico.
Además no estaba disfrutando nada. El camino estaba medio comido por la vegetación y había que ir esquivando retamas y pedrolos. Y esto bajo el sol, que no os lo he contado pero al bajar ya no gozábamos de la protección de los árboles. A Sergio, en cambio, le gustó mucho. Esto es una demostración más de que para gustos los colores, oye.
Otra vez a empujar la bici
Si algo sirve para agrupar pelotones es una buena cuesta de empuja-bici, la que nos esperaba a mitad de este camino, después de cruzar el arroyo de Valladares donde Javitxu metió la rueda hasta el buje. Tras ajustarle por segunda vez el cambio a Natalia recorrimos los pocos cientos de metros que nos separaban del pueblo y nos pusimos a buscar el bar.
Monasterio de la Sierra
Le preguntamos a una agradable pareja y nos indicaron en la dirección correcta, pero nos instaron a darnos prisa porque acababa de empezar la procesión y lo mismo nos encontrábamos la calle cortada por la comitiva religiosa. Con las ganas que teníamos de tomar algo bajamos 5 piñones e hicimos nuestro mejor sprint. Un poco apurado el del primo y Javitxu, que iban los últimos, y que cruzaron por los pelos tras negociar rápidamente la prioridad de paso con un fulano del público que se erigió en guardia de tráfico bicicletero. La cosa es que no hicimos esperar a la procesión de puro milagro (lo mismo el santo o la santa intercedió en nuestro favor, nunca lo sabremos).
Comer no comeremos pero beber…
No hay mal que por bien no venga: como estaba casi todo el pueblo procesionando (salvo los ateos que, naturalmente, arderán en el infierno) encontramos la terraza del bar vacía y pudimos acomodarnos como reyes. Lo malo, eso sí, es que no era un restaurante como tal. Era un bar de pinchos. Nos podríamos haber zampado tres o cuatro pinchos cada uno y apañábamos la comida, pero tampoco pudo ser. Habían dimensionado el número de pinchos que habían preparado en función de la gente que solían recibir un sábado de fiestas patronales. No contaban con el ansia de once ciclistas muertos de hambre. Así que pedimos de beber, eso sí, y nos tuvimos que conformar con un pincho para cada uno y dos o tres bolsas de patatas. Claro, los del bar no querían dejar a sus vecinos sin aperitivo porque a fin de cuentas es probable que nosotros no volvamos a pasar por allí en la vida, pero tú dile a Marcial, el de la Blasa, que se queda sin su pincho de morcilla de Burgos con cebolla caramelizada porque un ciclista perroflauta se los ha comido todos. Te pega fuego al bar contigo dentro. Yo, aún siendo parte afectada, entiendo la decisión de los camareros. Me hago cargo.
¿Se come o no se come?
Salimos del pueblo con pocas esperanzas de comer porque además nos informaron puntualmente de que el restaurante del pueblo siguiente, Castrovido, estaba cerrado por defunción de la propietaria (vaya por Dios, todo se nos pone en contra).
Serían cerca de las 13:00 y tocaba un buen trecho por carretera bajo el sol implacable. Originalmente no iba a ser así pero repasando el track en casita vimos que Komoot nos hacía subir un cerro por un sitio que no había ni camino. Así que rehicimos el recorrido para evitar problemas… aún a costa de ir por la carretera, que no nos gusta especialmente.
Salvo alguna cuestecita, que siempre las hay, la carretera era fundamentalmente de bajada o de llaneo. Daba gusto rodar rapidito dejando que la bici deslizara. Dejamos a nuestra izquierda el embalse de Castrovido, alimentado por el Río Arlanza. Atravesamos Pedrazo, un pueblo semifantasma, y llegamos al cruce con la carretera BU-825. En una última esperanza por comer en Castrovido (girando a la izquierda llegaríamos al pueblo en un periquete) llamamos al restaurante pero, oh sorpresa, nadie cogió el teléfono. Tal vez usando una ouija… otra cosa que nunca sabremos. Siendo así las cosas decidimos tirar directamente hasta el final de etapa con la esperanza de, llegado el caso, comer en el destino: Barbadillo del Mercado.
Subida sufrida por carretera bajo un sol inclemente
El título que le he dado a esta sección es bastante descriptivo. Tomamos la BU-825 hacia la derecha y enseguidísima comenzó a picar para arriba. Nada del otro mundo, una pendiente constante del 4% que al principio nos permitía llevar una velocidad de cerca de 15 Km/h pero que fuimos reduciendo progresivamente porque el calor apretaba. Comencé en cabeza por el mero hecho de haber salido el primero y Raúl se colocó detrás de mí. Enseguida Diana, Jaime y Natalia nos adelantaron porque ellos llevan su ritmo. El Bombi fue el siguiente. Y también Javitxu. Raúl me dio relevo y seguimos subiendo tratando de mantener el ritmo, poniéndonos de pie de vez en cuando para que circulara la sangre del culete y echándonos un chorretazo de agua por el cogote cada cierto tiempo en un intento por refrescarnos.
Aquí sí que pasamos un rato malo
Por detrás, cada uno subía como podía. Se estaba haciendo bola el repecho. Sobre el papel era mucho menos duro que el que ya habíamos superado este mismo día: una ascensión de 4 kilómetros con menos de 200 metros de desnivel positivo. Pero, ay amigo, el calor y la solana fueron determinantes.
Pasamos Arroyo de Salas y los paisanos nos animaban desde la terraza del bar. Hubo tentación de parar… pero fuimos fuertes y seguimos adelante. Con cuentagotas llegamos a lo alto del puerto. Nos salimos por un camino a la izquierda y vimos a los primeros a la sombra de un roble disfrutando de una brisa riquísima tras el calentón. Poco a poco fueron llegando el resto de Perdedores. Exhaustos.
Nos tomamos nuestro ratito para reponernos. Como tras la primera subida, comimos y bebimos para recargar energías. Nos quedaba muy poco, pero más valía ser previsor.
Barbadillo de Mercado
Ahora sí que sí, lo que restaba era dejarse caer hasta el final, hasta Barbadillo de Mercado.
Bajamos por pistas en buen estado, con menos desnivel al principio y bastante más empinadas al final. Llegamos a la carretera BU-V-8205 y la tomamos hacia la izquierda. A esa hora el tráfico era inexistente y casi sin darnos cuenta llegamos al pueblo. Lo primero que hicimos fue presentarnos en el alojamiento, que también tenía restaurante. Serían las tres de la tarde y no éramos nada optimistas, pero accedieron a darnos de comer. Triunfazo total. Solo teníamos que esperar unos minutos a que prepararan la mesa, que una mesa para once sin reserva no se gestiona en cinco minutos.
Atamos las bicicletas unas con otras para mantenerlas a salvo y hubo quien quitó las alforjas y todo para evitar problemas. Es una cosa que tenemos los madrileños y no podemos evitarlo: creemos que todo el mundo quiere robarnos. El propietario dijo que para mayor seguridad podíamos dejar las bicicletas en la terraza (cubierta) y así lo hicieron unos pocos. También nos dijo que, de cara a la noche, lo mejor sería llevarlas a una nave que tenía a las afueras del pueblo. Sonaba bien.
Las alubias estaban que flipas
Pasados unos minutos nos sentamos a la mesa y pedimos el menú de fin de semana. En mi caso, judías pintas y chuleta de aguja. Hubo quien pidió pasta carbonara (estaba riquísima) y hubo quien pidió ensalada mixta con chorizo. Allá cada cuál. También hubo churrascos y pescados a tutiplén. Una comida que, bien regada de vino con casera hasta arriba de hielo, nos devolvió al mundo de los vivos porque habíamos pasado calor y penurias.
Relajación
Tras esta suculenta comida cada cual se fue a su habitación a descansar. Necesitábamos una ducha, teníamos polvo hasta en las patillas de las gafas. No te imaginas lo bien que sentó tumbarse en la cama una vez limpio y con el estómago lleno. La gloria. Quien más, quien menos se echaría una siestecita. Yo, personalmente, estuve a punto pero el sueño no quiso venir. No me importó, aproveché para llamar a casa tranquilamente y trastear con el teléfono.
A eso de las 19:00 bajamos a estirar las piernas. Dimos un paseo por el pueblo y sus afueras. Nos sorprendió gratamente. A la orilla del río Arlanza y a los pies de un cortado impresionante no me resistí a sacar el dron para grabar unas tomas aéreas.
No había mucho que hacer, ciertamente, así que tras dejar las bicicletas en la nave del amable dueño del hotel-restaurante nos apalancamos en la terraza cubierta a tomar algo mientras esperábamos la hora de cenar. Entre bromas y charlas sobre nutrición llegó la hora de pedir: raciones al centro con profusión de morcilla de Burgos (naturalmente) y productos ibéricos. Especial mención merecen los mejillones con salsa de tomate. Picantita. Tuvimos que repetir, no nos quedó más remedio.
Y así, con la barriga otra vez llena y viendo el partido de la Uefa Nations League acabamos el segundo día de bikepacking. O «gastrobikepaking», yo no sé ya cómo llamarlo.
Nos fuimos a la cama felices. Había sido un grandísimo día.
Etapa 3 – Barbadillo del Mercado – Burgos (56 Km – 320 m+)
Me desperté, después de una noche de placentero sueño reparador, con una sensación agridulce. Contento porque todo estaba saliendo como la seda y teníamos por delante un día de bikepacking en la mejor de las compañías, pero triste porque el viaje llegaba a su fin. Es curioso. Se pasa uno meses (sí, meses) preparando un viaje, esperando a que la fecha llegue y al final… cuando te quieres dar cuenta el tiempo se te escapa entre los dedos y estás poniéndote el culote para la etapa final. Qué efímero es todo. Qué brevedad. Qué puta mierda.
La comida más importante del día
Siempre se ha dicho que el desayuno es la comida más importante del día pero lo mismo, vete tú a saber, eso nos lo insertaron en el subconsciente colectivo los fabricantes de cereales en un grandioso ejercicio de ingeniería social. Otra cosa que nunca sabremos… y ya van varias. Lo que sí te puedo confirmar sin temor a dudas es que a un Perdedor le gusta desayunar, sea esto de importancia o no. Así que a las 8:00 estábamos como relojes un nutrido grupo de ciclistas dispuestos a empezar el día con un café con leche y unas tostadas. Hicimos bien en bajar tempranito porque poco después fueron llegando cazadores y más cazadores y muchos más cazadores hasta abarrotar el bar. Por suerte nosotros ya estábamos fuera, preparándonos las bicicletas según manda el protocolo cicloviajero.
Conversaciones de bareto
El Bombi se encontró con su rueda trasera bastante floja. Mejor que esto ocurra antes de empezar la ruta que en mitad de la faena. La reparación es la misma, pero parece que mentalmente fastidia menos así (aprende, Jaime). Pusimos una cámara de TPU en lugar de la pinchada y enseguida la avería, si puede llamarse así, estuvo reparada.
Rellenamos los bidones con agua de los baños del bar. No somos nosotros gente tiquismiquis. Mezclamos los polvos de isotónico y nos embadurnamos de crema solar. Estaba nublado, pero era muy temprano y a lo largo de la mañana podía despejarse en cualquier momento. No iba a ser un recorrido «a la sombra», eso lo sabíamos de antemano.
Una foto y nos vamos
La tarde de antes habíamos paseado por el pueblo (esto ya lo sabes porque no eres tú de leerte las cosas a medias) y me apetecía a mí hacer una foto en la plaza con la iglesia de fondo. Me serviría, pensaba yo, para la portada del vídeo de Youtube. De manera que antes de nada nos hicimos la foto, que quedó bastante curiosa.
Plaza de Barbadillo del Mercado
Me pidió Natalia que le ajustara el cambio porque la reparación que hicimos el día anterior fue bastante improvisado y consistió básicamente en desdoblar la patilla a lo bestia y ajustar la tensión. Me puse manos a la obra, solo hizo falta ajustar el tope inferior y quitarle tensión. Los 50€ más fácilmente ganados de mi vida (no… no me pagó un duro). Pero fue que Natalia, mientras levantaba del transportín su bici para que yo pudiera dar pedales con la rueda en el aire y probar así el cambio, se dio cuenta de que le faltaba uno de los brazos que unen el transportín con los tirantes. Gran putada. Sin duda se aflojaron los tornillos por el traqueteo de las bajadas del día anterior y terminó por soltarse. Le puede pasar a cualquiera, fueron caminos muy exigentes para el material. Peor hubiera sido si se hubiera enganchado en los radios destrozando media rueda. Centramos el brazo superviviente y lo apretamos bien. Le iba a tocar trabajar por los dos.
Camino Natural Santander – Mediterráneo
Salimos a la N-234 para comenzar la etapa. Y el frescor llamó a nuestra puerta (¿te acuerdas de ese anuncio?). Se rodaba rápido, claro, y el aire era frío. Hubo quien se abrigó. Yo opté por mantenerme con el maillot solamente porque pronto el sol levantaría y, aunque nublado. nos calentaría un poco más.
Pasamos por encima del Río Pedroso y antes de llegar a Cascajares de la Sierra nos salimos a la derecha para tomar el Camino Natural Santander – Mediterráneo que a la postre nos conduciría hasta Burgos.
Este camino natural es un viejo conocido porque en nuestro viaje por Soria de hace dos años lo utilizamos. También recorrimos parte durante un viaje en familia por la Vía Verde de los Ojos negros. En esta ocasión volvíamos a rodar por su trazado, si bien algo más al norte.
Como toda Vía Verde que se precie, el desnivel es mínimo y, dependiendo del estado de conservación del firme, puede rodarse rapidito. No era el caso en muchos tramos. Nos decepcionó un poco la falta de mantenimiento de la pista, llena de vegetación por el centro y los laterales con cardos de un metro de altos que había que ir esquivando para no hacerse uno daño en los brazos. Una mierda como un castillo, vaya.
No pasamos por los sitios más bonitos de Burgos el tercer día
El paisaje de esta tercera etapa cambió notablemente con respecto al de las dos anteriores. El camino discurría entre campos de cultivo de girasol (en época de cosecha, parece ser) y monte bajo. Mucha amplitud, no como cuando rodábamos por la Vía Verde de la Sierra de la Demanda, que muchos tramos los hicimos por túneles de árboles en mitad de bosques. A mí no me apasionaba especialmente aquello pero Sergio, por ejemplo, sí decía que le gustaba aquella zona. Ya sabes, siendo cada uno de nuestro padre y de nuestra madre lo que le gusta al uno no tiene por qué gustarle al otro.
Revilla del Campo
Los kilómetros pasaban rápido rodando entre 15 y 20 km/h en muchos tramos. Principalmente en fila de a uno, porque ya te he dicho que íbamos esquivando cardos todo el rato.
Y así, tras unos 15 kilómetros de llaneo, el camino comenzó a picar hacia arriba. Muy, muy suavemente. Apenas perceptible. Y el grupo se estiró, como suele ser habitual, como consecuencia de que solo podíamos usar un carril de apenas un par de palmos y de que unos tiraban más que otros.
Tras superar esta pequeña subida, ya te digo que nada comparable con lo de días anteriores, comenzamos a bajar. Y aquí sí se pudo ir deprisa, por encima de 20 km/h sin apenas esfuerzo. Siempre pendientes, como te digo, de no llevarte puesto un cardo. Y llegamos a Revilla del Campo.
Llevando la mitad de la ruta nos pareció buena idea meternos en el pueblo para tomar algo. En un trabajo de documentación sin precedentes, habíamos marcado en los tracks waypoints con todos los bares del recorrido y allí había uno.
Fue otro de los grandes descubrimientos del viaje. Regentado por una anciana y su hijo, nos sirvieron bebidas fresquitas, queso y chorizo. Disfrutamos del aperitivo a la sombra de un buen árbol en la terraza del bar cortando nosotros mismos el queso y el embutido. Todo muy familiar, entrañable e inolvidable.
Este aperitivo supo a gloria
Esta parada la hicimos más por gusto que por necesidad porque no habíamos gastado muchísimo (el camino era bastante más favorable que en días anteriores) pero salimos del bar con una alegría que no veas. Fue bueno para la mente, más que para el cuerpo.
Volvimos al camino natural cruzando por encima de un puentecito de piedra muy cuco y nos hicimos una foto grupal en una locomotora de mentirijillas que había adornando el paso de la vía verde.
Viajeros al tren
Menos mal que Javitxu estaba sujetándola, porque si no me pilla.
El último tramo de nuestro viaje
Efectivamente, encarábamos el tramo final de nuestra aventura en bicicleta. Los últimos 25 kilómetros. Un último esfuerzo.
Como el terreno era muy favorable rodábamos rapidito. Yo creo que había ganas de llegar, de ver Burgos y su maravillosa catedral y de cerrar así un viaje redondo.
Rodando a 30 km/h con una mano. Fíjate si era bueno el camino
Se formaron dos grupos, claro está. En el de cola fue esta vez Raúl el que iba penando. No está acostumbrado a las rutas rodadoras. Pero ya no quedaba nada. Aunque una sombra oscurecía nuestro ánimo. El perfil del track dibujaba un último repecho que no nos apetecía nada, nada de nada subir. Pero fuimos afortunados porque… ¡Para evitar esa loma habían construido un túnel!
Nos agrupamos a la entrada del mismo y el primo me sugirió volar el dron por dentro. Ni de coña marinera, que las ondas se vuelven locas y el dron acaba haciendo lo que más le gusta: estrellarse y caer en un charco, como el año pasado (el dron sobrevivió pero la batería se fue a la mierda).
Este túnel nos vino a las mil maravillas
Sin darnos cuenta cambiamos el Camino Natural Santander – Mediterráneo por un carril bici burgalés perfectamente pavimentado. Un gustazo, la bici iba solita. Ahora sí que estaba todo hecho. Solo había que llegar, callejeando, hasta el centro.
Lo hicimos usando carriles bici o rodando por las calles hasta que llegamos a los puentes sobre el río Arlanzón. Ahí ya nos bajamos de las bicis y continuamos caminando para no incomodar al resto de viandantes. Un domingo con un sol estupendo en Burgos… imagínate la de gente que había.
Polvo en los ropajes y felicidad en los rostros
Además se celebraban las jornadas cidianas 2026 (en Burgos, al Cid le sacan el mismo partido que a Don Quijote en la Mancha) y estaban las calles engalanadas con motivos medievales y había mercadillos, conciertos y todo tipo de entretenimientos.
Esta foto quedó rara, creo que puse la cámara en 0,5x
Tras un breve paseo por el centro decidimos salir para intentar comer. Ya sabes, siendo 11 no es fácil sentarse a comer sin haber reservado. Fuimos hacia los coches en busca de bares con terraza y tuvimos la suerte de encontrar un bar de pinchos donde pudimos sentarnos. No fue la comida de nuestras vidas pero los pinchos estaban ricos y nos sirvió para meterle algo al cuerpo antes de marchar de vuelta a Madrid.
El Cid nos señalaba por donde estaba el bar
Nos despedimos allí mismo, porque cada cual tenia el coche aparcado en un sitio (el viernes, si te acuerdas, nos costó un poco aparcar). Hubo abrazos y palabras bonitas: me lo he pasado que te cagas, estoy deseando que llegue la próxima, muchas gracias por todo…Yo solo quería irme ya porque estaba, literalmente, saturado. Hasta las narices de reírme, hasta las pelotas de pasármelo bien, de buenas conversaciones, de hacer planes fabulosos, de comida rica, de que todo salga tan «jodidamente» bien. Qué potra tengo… soy un suertudo.
Muchas gracias, queridos lectores, por aguantar esta chapa.
Muchas gracias, queridos amigos Perdedores, por prestaros a estas experiencias que nos unen y, creo yo, mejoran como personas. Quiero mencionar a Javitxu especialmente, que nos abrió las puertas de su casa y yo sé de alguno que en menos de 12 horas fue 3 veces al baño.
Muchas gracias a nuestras familias, que nos facilitan la tarea para poder escaparnos de vez en cuando a que nos dé el aire.
Como digo… ¡Qué suerte que tengo!
