Si estás pensando en hacer un viaje de bikepacking por el norte de España esta entrada te interesa. Recorrimos en tres días parte de Navarra y Guipúzcoa enlazando por bosques increíbles dos de las Vías Verdes más bonitas: la del Bidasoa y la de Plazaola.
Y preparamos un vídeo contando nuestra aventura, no puedes dejar de verlo porque mola mucho, mucho,
Ahora bien, como sé que eres aficionado a la lectura y a las crónicas bicicleteras yo no puedo dejar de escribir esta que a buen seguro te entretendrá un buen rato.
Bikepacking multitudinario
Empezaremos por el principio para no liarnos. Recordarás, querido y fiel seguidor de Perdedores BTT, que el año pasado seis de nosotros nos fuimos de viaje bicicletero para recorrer lo mejorcito de Soria entre torrezno y torrezno. Ahí te he dejado el enlace por si no te enteraste. La cosa es que ese viaje salió tan, tan bien que nada más y nada menos que CINCO perdedores más se han unido a la edición de este año. Flipa.
La propuesta, por parte de Jesús, fue recorrer las Vías Verdes del Bidasoa y de Plazaola, que corren en paralelo, enlazándolas gracias a tramos propuestos por Komoot. ¿Qué puede salir mal?
De manera que los seis «Templarios mojados» de Soria (el primo Christian, Raúl, Jesús, Jaime, Sergio y un servidor) no dudamos en apuntarnos al viaje, recibiendo además con entusiasmo a Javi (amigo del primo) y a cuatro perdedores que se estrenaban en los viajes cicloturistas con muchísima ilusión: Natalia, Diana, Miguel y el Bombi.
El viaje en tres etapas
Jesús preparó un recorrido con la ayuda de Komoot que cumplía con nuestros requerimientos: etapas asequibles en longitud y desnivel acumulado:
- Lekunberri – Lesaka: 71 kilómetros y 1060 metros de desnivel acumulado para empezar el viaje con las piernas duritas. Empezamos rodando unos pocos kilómetros por la Vía Verde del Plazaola, luego nos perdemos en un infierno verde para terminar rodando cómodamente por la Vía Verde del Bidasoa.
- Lesaka – Astigarraga: 58 kilómetros con 830 metritos de subidita. Que se acumulan al final. Salimos de Lesaka por la Vía Verde del Bidasoa, pasamos por San Sebastián pero el alojamiento es tan caro que continuamos hasta Astigarraga.
- Astigarraga – Lekunberri: 50 kilómetros y 930 metros de desnivel que se acumulan a lo largo de todo el recorrido. Sin ascensos mortales, va picando para arriba todo el rato. Completamos esta etapa rodando principalmente por la Vía Verde del Plazaola.
Track disponible en Wikiloc
La logística bien preparada
Siendo un recorrido circular es sencillo organizarse. Viajamos a Lekunberri el viernes 26 de septiembre cargando nuestras bicicletas y equipajes. Pasamos allí la noche en el hotel Ayestarán y la mañana del sábado dejamos los coches bien aparcaditos y comenzamos a viajar en bici.
Teníamos reservas para dormir en Lesaka y en Astigarraga de manera que con todo atado y bien atado para descansar con comodidad solo teníamos que preocuparnos de dar pedales y parar en bares de vez en cuando para disfrutar de la gastronomía local… Que como te puedes imaginar es de traca.
En cuanto a las bicicletas… bueno, cada uno llevó lo que consideró oportuno. Los bikepackers noveles se dejaron aconsejar y los que tenemos un poco más de experiencia pues hemos ido «a tiro hecho». Hasta pocos días antes del viaje, una vez las previsiones meteorológicas fueron fiables, teníamos la duda de si llevar ropa para la lluvia o no. Al final la llevamos, pero por suerte no tuvimos que utilizarla. Todo lo contrario, tuvimos unos días excelentes.
Las mejores alforjas que se pueden comprar en Aliexpress
Además llevábamos herramientas y avíos suficientes como para reparar las averías más comunes. Es curioso.. 22 ruedas durante tres días rodando por sitios por los que en muchos trechos no había ni camino y no tuvimos ningún pinchazo. En cambio a Raúl se le salió una biela, tócate las pelotas.
Etapa 1: Lekunberri – Lesaka
La noche anterior fuimos llegando poco a poco pero a la hora de la cena ya estábamos todos juntos… ¡y ansiosos! Nos tomamos unas cervezas, cenamos como bestias y nos recogimos a descansar, que el día siguiente se presentaba intenso.
La cena del viernes cantamos cumpleaños feliz a Raúl
El sábado amaneció muy frío, por debajo de 5 grados. Bajamos a desayunar al buffet del hotel y dimos buena cuenta de zumos, cafés, bollos, tostadas, fruta, yogurt… cada uno lo que quiso. Salvo yo, que la cena me había sentado mal y tenía aún el estómago tocado.
Echamos un ratito en pagar las cuentas del hotel, recoger y montar las bicicletas y comprar pan y tomates (el jamón lo habíamos comprado la tarde de antes) pero en torno a las 10 estábamos en marcha. Nada mal teniendo en cuenta que somos once y que el primer día a veces cuesta montar las alforjas, ajustar eso que no acaba de encajar, etc.
No puede faltar la foto de inicio de etapa
¡Menudo frío! Como la previsión era razonablemente favorable no habíamos salido muy, muy abrigados y los primeros kilómetros, rodando a velocidad media a la sombra de los árboles y paredes de la Vía Verde del Plazaola se nos helaron hasta los empastes de las muelas.
Primeros kilómetros con una rasca que no veas
Alguna cuestecita siempre hay, pero el terreno es razonablemente llano y tiene buen rodar. Pero pronto giramos a la izquierda y comenzamos a subir por una carretera al sol. Ahí es cuando los cuerpos empezaron a templarse, entre la subida (que no era nada del otro mundo) y el solecito. Tuvimos que hacer una parada para quitarnos algo de ropa, fíjate cómo cambió el cuento en tan pocos minutos.
Primeras metidas de pata de Komoot
Pasamos por Udabe y Beramendi pero no nos entretenemos a tomar algo que aún es muy temprano y tenemos el desayuno reciente. Nada más salir del pueblo el track nos mete por una senda que con la bicicleta de montaña en condiciones normales habría sido una pasada… pero cargados con las alforjas y con las piedras resbalosas no había quien no echara pie a tierra. La primera en la cuenta de Komoot, aunque de carácter leve que no hay que hacer más sangre de la necesaria.
De paseo en bicicleta
Apenas fueron cien metrillos y salimos a una pista ancha aunque poblada de piedras. Pero no se rodaba mal del todo. Lo malo es que picaba para arriba cada vez más. Vamos… que acabé echando pie a tierra porque me explotaba ya el corazón. El resto de Perdedores, creo, superaron esta primera rampaza con bastante dignidad.
Y entre rampas de hormigón rallado y pistas con porcentajes imposibles llegamos a la segunda Komootada del día. La aplicación nos hace saltar un muro con las bicis cargadas que no veas y luego atravesar un trecho sin camino que seguro que estaba plagado de garrapatas (yo es por darle más dramatismo…).
Cuando hay hormigón la cosa pinta fea
Otra cuesta de las de empujar la bici más tarde y ya estábamos atravesando un bosque que flipas. Un hayedo tan denso que en vez de las once de la mañana parecía que eran las ocho de la tarde. Impresionante… pero sin camino (tercera liada de Komoot). Rodábamos a trompicones y medio campo a través siguiendo el track por lo que en su día pudo ser una pista porque veíamos muy claramente las rodadas de una máquina que tenía que ser bastante pesada porque tenían en algunas zonas más de un palmo de profundidad. Eso sí, el entorno era tan, tan espectacular que nos daba un poco igual avanzar a cinco kilómetros por hora.
Primera parada para la hidratación
Un buen rato después y tras empujar la bici durante bastantes tramos salimos del bosque con la idea clara de parar en el primer bar que viéramos a tomar algo, que ya era media mañana y nos habíamos ganado un buen avituallamiento. Y este llegó en Auza. No se me ocurre lugar mejor que la terraza del bar en la plaza del pueblo. Además de la bebida, unos torreznos y, por supuesto, unas chistorras nos sentaron de maravilla tanto para el cuerpo como para la mente, que de eso se trata fundamentalmente esto del bikepacking. Yo, particularmente, estaba muy contento porque se me había recuperado el estómago después del ataque nocturno de la hamburguesa asesina y además las piernas habían respondido al primer asalto propuesto por el recorrido. ¡Todo bien!
Nos habíamos ganado esta ronda… ¡Pero bien ganada!
Con una sonrisa en la cara y con, alguno al menos, un litro de cerveza en la panza, salimos del bar. Rellenamos los bidones en la fuente de la plaza y volvimos por nuestros pasos unos pocos metros para volver al track. Tocaba subir. La segunda subida del día. Y la última, por suerte.
Donde nacen las cuestas
Para nuestra alegría la subida comenzó muy tendida. Unos 4 kilómetros en torno al 2%… pero por desgracia la cosa se puso muy complicada. No solo por los porcentajes locos de más del 16% sino porque la pista presentaba ramas, roderas, raíces, piedras y otras locuras que dificultaban muchísimo el ascenso. Quien más, quién menos seguro que tuvo que echar pie a tierra en algún punto. Yo, al menos, lo hice. Y me consta que el primo también. Del resto no puedo hablar porque iban por delante (para variar me volví a quedar el último) pero viendo la naturaleza del terreno estoy casi seguro de que todos penalizamos.
Con el corazón a mil por hora
Eso sí, el entorno era una maravilla. Lo poco que te dejaba el cerebro asimilar por las altísimas pulsaciones era impresionante. Somos unos afortunados porque la bicicleta de montaña es muy sufrida pero te permite llegar a sitios que de otra manera… na, olvida esa última frase porque por la pista nos cruzamos con coches y al final vimos a gente haciendo barbacoa en una especie de refugio. Los ciclistas de montaña somos masocas en un determinado porcentaje y punto.
La tripa protesta
Por suerte no hay mal que cien años dure y poco a poco conseguimos superar esta segunda y durísima ascensión. Fíjate, que al final casi tenemos disgusto. Miguel llevaba el cortavientos en la parte superior de las alforjas sujeto con pulpos. A Jaime, que rodaba delante, se le cayó el jamón que habíamos comprado para la comida (imperdonable) y Miguel al cogerlo hizo un movimiento tal que la manga del cortavientos se quedó enredada en el disco de freno trasero. Casi se mata pero por suerte no le paso nada… al jamón. A él tampoco, por cierto. El cortavientos en cambio sufrió daños irreparables en una manga que hubo que amputar… pero de eso hablaremos luego.
Un minuto de silencio por la manga del cortavientos
La cosa es que bajamos un poco hasta el área natural recreativa Embalses de Leurza donde paramos a comer unos bocatas de jamón con tomate que nos supieron a gloria a la sombra de los árboles.
El lugar elegido para la comida era la pera limonera
Si no fuera porque el viento se puso a soplar de manera incómoda te digo yo que hasta nos echamos la siesta allí. Pero, lo mismo que te digo que la vida del bikepacker está llena de pequeños placeres, también te digo que a veces hay que tirar de fuerza de voluntad para montarse de nuevo encima de la bici y continuar la ruta.
Velocidad terminal
Pero siendo que lo que quedaba era cuesta abajo la cosa cambia, eso es cierto. Y si encima se baja por una carretera con el firme en excelente estado y atravesando un bosque maravilloso pues para qué te voy a contar. Vamos, que el cuentakilómetros del primo registró una máxima de 61 km/h y no veas lo que costaba frenar la bici con el peso extra de las alforjas. Aún así nos vimos en la necesidad de parar a tomar algunas fotos en algún punto especialmente bonito, que tampoco tenemos prisa por llegar.
Un señor mayor «tomando» una foto
Las pendientes mas bestias terminaron pero seguíamos baja que te baja. Y casi sin darnos cuenta llegamos a Santesteban, donde por fin enlazamos con la Vía Verde del Bidasoa, tócate las pelotas Manolín.
Vía Verde del Bidasoa
Nos las prometíamos muy felices rodando junto al Bidasoa por el casco urbano de Santesteban pero debe de ser que nos había mirado un tuerto porque justo tras cruzar el río por un puente tuvimos que darnos la vuelta porque la Vía Verde estaba cortada. Se ve que algún túnel estaba regulero o vete tú a saber. Ahora en la web podemos ver claramente:
AVISO (26/08/2025). El tramo de la Vía Verde del Bidasoa entre Doneztebe-Santesteban y Sunbilla permanecerá cerrado hasta fin de año por trabajos de seguridad y mejora en la vía
Pero nosotros nos habíamos documentado entre poco y nada y no estábamos al tanto. La alternativa era recorrer ese tramo por carretera, por la N-121-A, que no mola nada pero cuando no queda más remedio hay que hacerlo.
Y así llegamos a Sunbilla en un periquete. Y, fíjate lo que te digo, si hubiéramos llegado por la vía verde nos habríamos perdido el ESPECTACULAR puente de piedra por el que volvimos a cruzar el Bidasoa.
A riesgo de que se me cayera el teléfono al río…
Segundo avituallamiento
No es que estuviéramos especialmente cansados pero apetecía tomar un cafelito después de comer. El día se prestaba a pasarse un ratito en una terraza. Con el calor que habíamos pasado de buena mañana y el solazo que teníamos ahora. Encontramos, de nuevo, el lugar perfecto. Esta vez preguntando a unas señoras que muy amablemente nos refirieron a La Fonda. Que si cervezas, que si cafés, refrescos… cada uno lo que quiso. Y unos dulces porque nosotros lo valemos. Nos iba a salir la balanza calórica a deber… pero nos daba igual. Estábamos a tiro de piedra de nuestro destino (Lesaka) y, sabiéndolo, dábamos la ruta por pseudo-finalizada. Aunque a alguno se le iba a complicar, ya lo vas a ver.
De Sunbilla a Lesaka para terminar
Salimos de Lesaka con la alegría de saber que apenas nos quedaban 15 kilometrines por recorrer… fundamentalmente cuesta abajo. Por la Vía Verde eso podría ser menos de una hora. Me puse a tirar un poco del grupo porque me veía yo con fuerzas y, sobre todo, con ganas de acabar.
Formé grupo con Diana, Natalia, el Bombi, Miguel y Jaime y nos separamos un poco del resto. En el primer túnel, curiosamente, el track trazado por Komoot mandaba seguir por un camino que se abría a la derecha. A mí me pareció rarísimo porque yendo por una Vía Verde SIEMPRE hay que ir por el túnel a no ser que esté expresamente cerrado… y no era el caso. Miguel, Diana y el Bombi siguieron por el camino mientras que Jaime, Natalia y yo atravesamos el túnel. El grupo de cabeza se partió en dos.
Como Jaime y Natalia están más fuertes que yo decidí no seguirles el paso y así fue como me vi, tras siete horas de ruta, solo. No me parecía de recibo llegar en solitario al hotel, que una cosa es ser perdedor y la otra forzarse a serlo así que me paré en un determinado punto a esperar a que los de atrás me cogieran mientras aprovechaba para desbeber el café de Sunbilla.
Pero tardaban más de la cuenta… Hasta que apareció Miguel. Yo le hacía por delante pero resulta que el camino que habían tomado por no entrar en el túnel les había llevado a unas cuestas de la muerte que era lo que menos apetecía con 65 kilómetros ya en las piernas.
El resto del grupo nos alcanzaron. Se habían demorado porque, como debe de ser, habían parado para meter los pies a remojo en una cascada. Me tenía que haber quedado atrás, que es mi posición natural.
Señores mayores remojándose los pies
Jaime y Natalia, que habían llegado al alojamiento, nos llamaron preocupados porque tardábamos demasiado. Les tranquilizamos y en un periquete estábamos todos juntos haciendo el check-in en el hotel.
Track disponible en Wikiloc
Bien está lo que bien acaba
Guardamos las bicis a buen recaudo en un hueco que nos habían hecho en el comedor y aprovechamos para limpiar las cadenas y lubricarlas para el día siguiente. Tras repartirnos las habitaciones y darnos una ducha salimos a cenar a Lesaka. Teníamos unos 20 minutillos de caminata. No nos parecía mal, estaba bien para estirar las piernas después de tantas horas dando pedales. Además el camino era muy agradable, junto al arroyo (Urraba Erreka).
Las bicis bien guardaditas para la mañana siguiente
Nos pasó una cosa curiosa. Teníamos reserva en un restaurante pero pocos días antes nos llamaron para decirnos que tenían que cambiarnos la reserva a otro bar porque les habían reservado el restaurante completo. Durante el día se había celebrado un rally por la zona y estaba todo lleno de gente y de coches de carreras, la verdad es que molaba bastante. Llegamos al otro bar… y no estaban al tanto de la reserva. Vamos, que el del primer bar nos la había jugado pero bien jugada. No llegó la sangre al río porque eran gente dispuesta y en un santiamén nos prepararon una mesa para los once y estuvimos estupendamente.
Dimos cuenta de todas las botellas frías de sidra que les quedaban, de raciones variadas y de platos combinados. Y es verdad que tardaron un poco más de la cuenta en preparar la comida, pero cenamos bien. Y Miguel de postre se tomó unos nuggets de pollo…pero no le juzgamos porque vivimos en un país libre.
Disfrutando de una cena sencilla pero sabrosa
Con las barrigas llenas varios dimos la jornada por terminada y pusimos rumbo al hotel. Algunos se quedaron para tomarse la última, pero no encontraron nada abierto y tardaron poco en recorrer el camino de vuelta también.
Y así fue como terminó el primer día de nuestra aventura. Cumpliendo las expectativas con creces. ¡Y esto acababa de empezar!
Etapa 2: Lesaka – Astigarraga
Nos levantamos temprano, ya sabéis que la vida del bikepacker comienza a primera hora de la mañana. Hoy nos esperaba una segunda etapa más suave. Tal vez no en cuanto a desnivel, que también, pero sí en cuanto a kilómetros. Toda la ascensión, además, se acumulaba al final. Justo antes de llegar a San Sebastián. Así que tendíamos tiempo para calentar las piernas. Y se nos acabaron calentando de lo lindo, tú sigue leyendo.
Dimos buena cuenta del desayuno, que estaba incluido en el precio de la habitación. Repetimos, de hecho, embutido, queso y zumo… y cafés, hasta el punto de incomodar al camarero-recepcionista. Había hambre… ¿Qué quieres que te diga?
Track disponible en Wikiloc
Vamos montando las bicis, que tenemos que ir saliendo
Por las noches subimos las alforjas y las bolsas a las habitaciones y cada mañana lleva un ratito montarlas de nuevo en las bicicletas. Amén de ajustar alguna cosilla que quedó pendiente del día anterior, decidir qué ropa ponerse… bueno, lo normal.
Salimos en torno a las 10, que no está mal siendo 11 personas y estando, además, obligados por la constitución a hacernos la foto de inicio de etapa.
Preparados para comernos el mundo
Vía Verde del Bidasoa
El día anterior ya habíamos recorrido una buena parte de la Vía Verde. En esta segunda jornada de pedaleo recorreríamos el resto, hasta Irún. Comenzamos a ritmo tranquilo para calentar las piernas. No es que hiciera un frío de la muerte pero, como puedes ver en la foto de arriba, se agradecía una capita extra a esas primeras horas de la mañana… salvo los más valientes, claro está.
Se produjo un incidente curioso al poco de empezar. Las alforjas de Aliexpress de El Bombi no aguantaron la carga y la tela que une una con la otra por encima del transportín se rajó.
Las alforjas de Aliexpress salieron rana
Como somos gente talentosa y con recursos lo pudimos solucionar con la ayuda de unos pulpos. Comenzaba el vía crucis particular de El Bombi.
El camino nos regalaba paisajes bastante chulos. Lejos de la locura de los bosques del día anterior, pero razonablemente agradables. La pista, además, tenía buen firme. Salpicada de vez en cuando con agujeros (que si hubiera llovido serian charcos clarísimamente) que no incomodaban demasiado.
Un principio de etapa suave y agradable
Volvieron a formarse dos grupos claramente diferenciados. Esta sería la tónica del resto de viaje: cuando había «espacio abierto» algunos avanzaban a mejor ritmo y se distanciaban y otros (entre los que siempre me encontraba yo) nos quedábamos rezagados. Raúl, que tiene familia en la zona, les informó de nuestra aventura y de nuestro recorrido y, siendo ellos ciclistas, salieron a nuestro encuentro.
Camino de Irún
Nos encontramos como a cinco kilómetros de Irún con Eva y Oskar. Después de los saludos y las presentaciones pertinentes nosotros continuamos en la misma dirección y ellos se dieron la vuelta para acompañarnos. Seguíamos rodando por la Vía Verde del Bidasoa, frontera natural entre Francia y España.
Pasamos junto a una zona de entrenamiento de aguas bravas. Mola ir con gente que conoce la zona y te va contando las cosas. Teníamos, además, en la cabeza la idea preconcebida de que Irún y sus alrededores serian feotes e industriales pero nos llevamos una grata sorpresa al ver que no, que todo lo contrario: entramos en la zona urbana muy amablemente y la Vía Verde se convirtió en carril bici casi sin darnos cuenta.
Zona de entrenamiento de aguas bravas
El día era excelente. Como para ir en de corto. Miguel había pedido en el hotel unas tijeras para recortar las mangas de su accidentado cortavientos pero, por lo que sea, el recepcionista se ofreció a recortarlas él mismo. Y le quedaron a tres cuartos y además una más larga que otra. Un look bastante innovador y rompedor. A la vanguardia de la moda endurera, diría yo.
Es la hora del pincho
El paseo estaba siendo muy agradable junto a la ría y decidimos aprovechar que estábamos en un entorno urbano para tomar algo, que ya llevábamos más de 30 kilómetros. Aprovechando que teníamos «guías locales» les comentamos la jugada y nos llevaron a una terraza en Hondarribia. Trece personas con trece bicis no se meten en cualquier lado, pero era tirando a temprano y pudimos acomodarnos juntando varias mesas.
Esta parada nos vino muy requetebien
Creo que no he probado un pincho de tortilla más rico en mi vida, fíjate lo que te digo. Con el punto de cuajado justo como para que no esté demasiado hecha pero no se necesite una cuchara para comerla. Y de sabor… ¡buf! Exquisita. También hay que reconocer que cuando uno va en bici parece, por lo que sea, que todo sabe mejor.
Aparcamiento de bicis improvisado
Haber llegado a Hondarribia era parte de la recomendación de Oskar y Eva de modificar el recorrido. Teníamos que atravesar un monte, pero en vez de hacerlo por donde recomendaba Komoot lo íbamos a hacer por otro sitio más tendido y más bonito… aunque hiciéramos más kilómetros. Creo que salía a cuenta.
Próximo destino: Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe
Abandonamos la terracita, cogimos agua en una fuente junto a la playa y enseguida comenzamos a subir por una carreterita sin mucho tráfico. El primo y yo nos quedamos atrás y al llegar a un cruce erramos la dirección pero tardamos poco en percatarnos porque Javi nos contactó y aclaramos el entuerto. Media vuelta y en un periquete estábamos todos juntos junto al Faro de Higer.
Tomamos a la derecha una pista asfaltada con unas cuestas que no veas. Llegamos al campo de tiro de San Telmo. Enseguida el grupo se enfiló y, como cada uno subíamos a nuestro ritmo, nos fuimos distanciando. Oskar, muy atento, fue un guía excelente y como, además, está en una forma física que flipas podía descolgarse y recuperar para asegurarse de que todos tomábamos los desvíos oportunos. Vamos, lo mismo que cuando ves un border collie pastoreando ovejas. Pues tal cual.
Subiendo al tran-tran
Las vistas impresionaban. Rodando por un bosque precioso que permitía, de cuando en cuando, vislumbrar la costa cantábrica a la derecha. Sin duda uno de los momentos más bonitos del viaje.
Poco antes del final de la ascensión llegamos al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe.
Otro mirador con muy buenas vistas
El mirador era una parada obligatoria, naturalmente. Aprovechamos para hacer algunas fotos, volar el dron y , quien más, quien menos, comer una barrita o unos frutos secos. Habíamos completado satisfactoriamente la primera subidita del día. Y había merecido mucho la pena.
Un ratito de rodar
Subimos lo poco que nos queda y sin cambiar de pista comenzamos a bajar. ¡Qué gusto! Tocaba un trozo de ruta bien bonito. Vamos por una pista ancha que generalmente pica hacia abajo aunque de vez en cuando nos sorprende con una cuestita. Nada serio. A la derecha, la montaña y a la izquierda unas vistas impresionantes de Irún y su ría. Evidentemente tuvimos que parar a hacer fotos en algún que otro punto.
¡Menuda pista forestal!
Nos despedimos muy, muy, muy agradecidos de Eva y Oskar, que tenían que darse ya la vuelta. Nos habían guiado por unos caminos preciosos mejorando la ruta significativamente. Da gusto con gente así, tan natural y tan enrollada. Lanzo desde aquí la oferta de salir juntos en bici cuando vengan a Madrid.
Primera «Komootada» del domingo
Seguimos bajando… Y Komoot sigue empeñado en que nos perdamos. La pista se convierte en sendero. Teníamos que girar a la izquierda, pero no había ni camino, ni senda, ni nada de nada, solo bosque. Seguimos avanzando por el mismo por el que íbamos y enseguida tenemos que echar pie a tierra porque de pronto es imposible avanzar montados en la bici. Una rampa de piedras mojadas lo hace imposible.
Más allá, el sendero está cortado porque unos árboles caídos lo atraviesan de lado a lado a distintas alturas. Vamos, una pared de troncos. Ahí estuvimos un rato decidiendo qué hacer, que si retroceder para buscar una alternativa, que si intentar pasar a través de los troncos, que si echarnos a llorar porque a ver quién nos manda a nosotros embarcarnos en estas aventuras con lo bien que se está viendo Netflix un domingo por la tarde. Decidimos lo segundo y gracias a Jaime, que es un hombre recio y además resolutivo pudimos pasar con cierta facilidad al transformarse en hombre-grúa y echarse un tronco al hombro para levantarlo con la ayuda de todo el cuerpo serrano. ¡Bien por Jaime!
Jaime, el hombre-grúa
Resuelto este incidente, seguimos nuestro camino. Más a pie que montados sobre las bicis porque el camino, precioso para senderismo, es imposible para ciclismo. No entiendo cómo, habiendo seleccionado MTB como actividad, Komoot nos lleva por un camino a todas luces no ciclable.
El barquito
Sea como fuere, llegamos a Lezo y nos dejamos caer a Pasaia. Volvíamos a la civilización. Para cruzar la ría teníamos que coger un barquito que cobra poco más de un euro por barba (persona y bici). Nos resultó super agradable el paseo en barco. Las vistas a ambos lados eran preciosas, el recorrido fue cortito y la brisa marina se llevó mar adentro el amargor de la jugada que nos acababa de jugar Komoot. Aunque lo mejor estaba por llegar, ya lo verás.
Como éramos muchos el barco tuvo que hacer dos viajes. A Javi le pasó que cuando estaba desembarcando con la bici a cuestas el barco se separó del embarcadero y casi hace la de Jean Claude Van Damme abriéndose de patas. No llegó la sangre al río (a la ría, se entiende).
¿Bikepacking o Barcopacking?
Una vez reagrupados tras nuevas aventura marinera lo suyo era comer algo, que eran cerca de las cuatro. Habíamos engañado al estómago con el pincho de tortilla (y algo de chorizo, queso y demás cosillas) pero nos apetecía sentarnos tranquilos a meterle algo de gasolina al cuerpo.
La Cerve, en Trintxerpe
Miramos un barecillo pero estaba muy lleno. En otro solo había pinchos con una pinta regulera y en el tercero que miramos, que tenía terraza, tampoco tuvimos suerte. Solo nos daban aperitivos del todo insuficientes. En este, por suerte, una señora de mediana edad y ciertamente enrollada (yo creo que llevaba dos chispacillos de más, pero está mal juzgar) se acercó a nosotros atraída como un bicho a la luz al ver a 11 especímenes humanos vestidos de colores llamativos pasar por allí con bicicletas cargadas hasta las trancas.
Decía que se alegraba mucho de ver a gente como nosotros porque «ella se dedicaba a esto». No supimos deducir si es que era aficionada al cicloturismo, o si acaso trabaja en alguna entidad relacionada con el turismo o si a lo que se dedicaba era a recomendarle bares a la gente. Puede ser que esto último porque aprovechamos el acercamiento para preguntarle por un bar al que poder ir a comer algo decente y nos indicó con mucha seguridad cómo llegar a «La Cerve». Yo creo que a ella cuando pasa cerca de este bar se le conecta la wifi del móvil sola, no sé por qué me da a mí… Sea como fuere le agradecimos enormemente el consejo y pusimos rumbo a este nuevo destino intermedio.
Lo encontramos sin problemas, tenía una buena terraza en una plaza amplia. Aparcamos las bicis y preguntamos al camarero si podíamos juntar unas mesas para comer…lo que fuera que quedara. Y nos trataron muy bien y picoteamos platos diversos y muy ricos, incluidos postres y cafés. No es que saliéramos rodando de la terraza de La Cerve (la hora no aconsejaba demorarse demasiado) pero sin duda mereció la pena la parada.
¿Y ahora qué hacemos? ¿Camino rápido o camino bonito?
Eran casi las cinco de la tarde cuando volvimos a montarnos en las bicis. Te recuerdo que teníamos que pasar por San Sebastián para disfrutar de un paseíto en bici por la ciudad (y Miguel había quedado con un amigo para echar un rato juntos) y luego llegar hasta Astigarraga. Y te informo, que creo que no te lo he dicho hasta ahora, de que teníamos una reserva para cenar en una sidrería a las 21:30. Vamos, que teníamos tiempo pero ya íbamos mirando la hora porque en el último trecho envenenado de Komoot habíamos bajado bastante la media.
Había dos posibilidades: llegar por carril bici y carretera a San Sebastián, en lo que invertiríamos unos 15 minutillos para recorrer unos 4,5 kilómetros, o seguir el plan diabólico de Komoot y llegar al Kursaal por el monte.
En azul el recorrido razonable, en rojo el Perdedor
No hace falta que te diga qué opción elegimos… para nuestra desgracia.
Comenzamos a subir por una calle bastante empinada. Menos mal que no habíamos comido demasiado. Salimos del pueblo y tras tres kilómetros de ascensión tranquila por una carreterita en bastante buen estado llegamos a un mirador que quitaba el hipo. Aprovechamos para reagruparnos y echar una foto de grupo.
La que se nos venía encima iba a ser buena…
Camino de Santiago
Prepárate que empieza lo bueno.
Tomamos un sendero que estaba señalizado como Camino de Santiago. Bastante transitado por paseantes locales a esa hora de la tarde. Enseguida nos vemos obligados a echar pie a tierra porque encontramos unas piedras imposibles de sortear con la bici. La gente nos mira raro y preguntamos a una pareja si la tónica general del camino iba a ser así o si la cosa mejoraba. Nos dijeron que empeoraba, tócate las pelotas.
Caminando más que rodando por el Camino de Santiago
A cada pocos metros toaba cargar la bici para subir o bajar escalones de piedra. O trepar por una trialera. Con las bicis cargadas y después de siete horas de ruta. Tras media hora de sufrimiento total habíamos recorrido 2,5 kilómetros y echando un vistazo a los mapas online decidimos salir a una carretera aunque eso supusiera abandonar el magnífico track de Komoot.
Cuestas malas tanto para arriba como para abajo
Pero salimos de Málaga para caer en Malagón. Reagrupados en la carretera preguntamos a unas señoras que pasaban por ahí cómo llegar a San Sebastián. Una de ellas, enviada del Maligno, nos indicó la dirección y nos dijo que nos iba a tocar subir una buena cuesta… ¡Y comenzó a reírse! ¡Será pedorra la señora, alegrarse de las desgracias de unos pobres bikepackers!
Pero no mentía, no. Era malvada pero decía verdades. ¡Vaya cuesta nos comimos! ¡Con trozos del 17%! Pero, te soy sincero, ya nos daba todo igual. Fueron unos pocos metros de sufrimiento y ya solo quedaba bajar hasta San Sebastián.
Esta cuesta picaba bastante
Como no íbamos siguiendo ningún track estábamos más perdidos que el alambre del pan Bimbo e íbamos preguntando a quien nos encontrábamos. El Bombi, que estaba hasta las pelotas del camino y de la bici, se había adelantado. Ya nos encontraríamos en el Kursaal.
Paramos en un cruce junto a una casa y salió una chica hablando por teléfono en un idioma extranjero. No nos pareció oportuno interrumpirla. Luego salió un hombre joven con pinta de hippie que nos dijo que por una de las calles llegábamos enseguida a San Sebastián, pero que la cuesta era muy empinada. No nos importó, el objetivo era llegar lo antes posible.
Comenzamos a bajar muy alegremente y… sí que estaba empinada la calle. 26,4% negativo, veo ahora en Strava. Y, yendo yo de los primeros, comienzo a escuchar a los que van por detrás que huele a quemado. Mucho. Y oigo a Sergio decir que se ha quedado sin frenos. ¡Vaya mala suerte! Y de repente mi freno delantero comienza a rozar el disco y deja de frenar. El trasero también comienza a perder eficiencia y yo comienzo a cagarme vivo.
En un primer momento pienso que me he comido las pastillas y que a ver dónde encuentro yo un recambio un domingo a esas horas. lo mismo en Amazon, poniendo la dirección de la pensión… ¿Pero qué hago yo pensando en tiendas online cuando tengo que frenar la bici a 30 kilómetros por hora? Sergio sacó el pie y frenó a la antigua usanza. Yo vi una calle abrirse a la izquierda con una buena cuesta hacia arriba y la usé para frenar de emergencia. ¡Vaya susto! Esperamos un poco a que se enfriaran los frenos y el poquito que nos quedaba por bajar lo hicimos con seguridad. Todo quedó en una anécdota, por suerte.
San Sebastián mola mucho
Llegamos al Kursaal a las 18:30. Nos encontramos con el Bombi y con Chus, el amigo de Miguel que llevaba todo el día esperando el pobre. Si hubiéramos ido por carretera y carril bici desde la terraza donde comimos habríamos tardado 15 minutos. Habíamos tardado una hora y media. El amigo de Miguel se había afeitado esa mañana y mira la barba que tenía ya cuando tomamos esta foto.
Por fin en San Sebastián
Paramos a disfrutar de las vistas y nos movimos a la Playa de la Concha para disfrutar de más vistas. Y luego quisimos ir a ver el Peine de los Vientos. Me sorprendió muy positivamente la red de carril bici de San Sebastián. Aunque estaba un poco saturado de gente. Era domingo por la tarde, hacía muy buen tiempo y justo acababa de terminar el festival de cine. Factores que unidos explicaban la cantidad de gente que había por las calles.
Pero no era nuestro día. El acceso al Peine de los Vientos estaba el acceso cerrado por obras. Nos tuvimos que hacer la foto con vistas al mar.
Foto «al lado» del Peine de los Vientos
Vámonos yendo que no llegamos
Se nos hacía tarde. Teníamos que salir de San Sebastián y llegar a Astigarraga. Y se hacía de noche. Achuché un poco para acelerar la salida porque veía que se nos complicaba la cosa. nos despedimos de Chus agradeciéndole el ratito de guía urbano. Había sido corto, una pena, el último tramo nos había retrasado más de la cuenta.
No te vas a creer la que nos hizo Komoot: ¡nos mandó por un ascensor! En vez de trazar el recorrido por carril bici, como sería lo razonable, nos mandó por un ascensor (también había escaleras) que tomamos de dos en dos para subir los cuatro pisos que había de altura hasta una pasarela que sorteaba por arriba las vías del tren. Increíble.
Esperando el ascensor pacientemente
Cogimos un carril bici y no pudimos distinguir la salida de San Sebastián y la entrada de Astigarraga. Rodábamos rapidito, teníamos ya ganas de llegar. Eran las ocho y ya había oscurecido cuando finalmente conseguimos encontrar la Pensión Astigarraga. Tras diez horas de ruta y casi seis y media de tiempo en movimiento. Vaya tela marinera.
Los problemas crecen
Para subir a la pensión teníamos que coger otro ascensor. Dejamos las bicis en una fila infinita en el pasillo y mientras hacíamos el check-in le comentamos a la recepcionista (muy amable) que a las 21:30 teníamos reserva en la sidrería Irigoien. Nos dijo que los taxis en Astigarraga un domingo por la noche estaban muy, muy complicados. Y nos dio una bajona que no veas.
Nos duchamos en tiempo récord y Raúl bajó a hablar con la recepcionista para tratar de resolver el problema del transporte. Tuvimos mucha suerte porque consiguió contactar con un taxista y acordó un precio (un poco abusivo) para llevarnos a la sidrería. Nos quitamos un buen peso de encima. Guardamos las bicis en un cuarto de trastos que nos prestaron y bajamos a esperar a los taxis. Tocaba relajarse… por fin.
La noche confunde a los Perdedores
El menú de la sidrería estaba de muerte. Y la sidra también. Comimos muy a gusto comentando las jugadas del día y contando anécdotas. Era el momento para el compadreo, el regocijo, la amistad y el divertimento.
No puede faltar un buen brindis
Tampoco fue sencillo conseguir taxis que nos llevaran de vuelta a la pensión, pero con la ayuda del camarero los conseguimos finalmente. Raúl, Javi, el primo Christian y yo nos fuimos en el primero y nos fuimos a la cama de cabeza. No serían ni las doce, pero estábamos reventados.
El resto tardaron poco en llegar. Se les escuchó perfectamente. Antes de entrar en la pensión decidieron estirar las piernas para bajar la comilona y la sidra. Bien pensado. Sergio vio un bar y lo comentó en voz alta. Mal pensado. El bar estaba a punto de cerrar. Buena suerte. Pero les vendieron unas latas de Estrella Galicia. Mala suerte. Y la dueña del bar les dijo que en la pensión había una máquina expendedora que también servía cerveza. Malísima suerte. Botellón DEBAJO DE LAS VENTANAS DE LAS HABITACIONES hasta las 2:30. Y hacía un calor que te cagas y no se podía dormir con la ventana cerrada.
Mucha risa, por lo que se ve…
Quien sea les mandó un whatsapp pidiendo clemencia y tuvieron a bien continuar con la fiesta dentro de la pensión, en una sala que se encontraron y donde, al parecer, no molestaban a nadie con las conversaciones y las risas.
Los tres salen movidos… por lo que sea
Dos movidos y uno no tanto. Vamos mejorando
Todos serios y movidos… ¿Qué habrán visto?
Serían las cinco y media cuando se recogieron los últimos de Filipinas. Malditas casualidades de la vida, que dormíamos pared con pared. ¿Habéis visto «El Lobo de Wall Street»? ¿Esa escena que va conduciendo el Ferrari a la perfección, pero luego resulta que no? Era un «lo que crees que está pasando vs lo que realmente está pasando». Así creo yo que fue la entrada en la habitación de Jaime y Miguel. Sigilosa para ellos, como ninjas. Como si le dieras un tambor a un sordo para mí.
En fin… cosas de la juventud. Así terminó el día más largo de la historia del bikepacking.
Etapa 3: Astigarraga – Lekumberri
El tercer día de ruta nos depararía paisajes impresionantes por bosques increíbles… ¡y todo cuesta arriba!
Ya verás cómo mola la Vía Verde del Plazaola, mi favorita de todas la que he recorrido hasta ahora.
Mamá, cinco minutitos más
Creo que no me equivoco si afirmo que no descansamos mucho aquella noche. Hablando en general. Hubo a quién la sidra le sentó mal a la tripa y se pasó la noche que voy, que vengo del baño, hubo quien durmió regulero por los ruidos, hacía calor y además había mosquitos. Hubo también quien pidió quedarse un ratito más en la cama para aprovechar ese último sueñecito.
Al final, con más presteza que otra cosa y haciendo gala de una fuerza de voluntad encomiable, los Perdedores, después de un buen desayuno, a las diez de la mañana salimos a dar pedales para completar la última etapa de este increíble viaje.
Hay que enlazar con la Vía Verde de Plazaola
La Vía Verde de Plazaola comienza en Andoain de manera que desde Astigarraga teníamos que buscarnos las vueltas para llegar a esta localidad que se encuentra a unos 10 kilómetros.
El comienzo de esta tercera etapa es con diferencia el más feo. Salimos de Astigarraga rodando por el polígono industrial. Pronto tomamos un carril bici que, por lo menos, nos evita tener que ir por la carretera, pero el paisajes es 100% urbano. Nada atractivo.
Visto un polígono, vistos todos
Eso no evita que haya cuestas. De hecho, tras tres kilómetros de llaneo la cosa empieza a picar para arriba. Nada serio pero, como ya llevamos algo de desgaste, las piernas sufren. Con paciencia llegamos a enlazar con la Vía Verde. Nos aguardan unos 30 kilómetros de deleite paisajístico cuesta arriba.
¿La Vía Verde más bonita de España?
No dejaremos de subir hasta casi el final de la etapa. Una pendiente muy, muy ligera, claro, pero constante.
Y no iremos los 11 juntos hasta la parada para comer. Una vez más, los más fuertes tiraron para delante y los menos nos quedamos en el vagón de cola. Una vez que nos reagrupamos, Jesús y yo nos propusimos hacer tapón pero en cuantito pudieron nos adelantaron. ¿Qué le vamos a hacer, el Perdedorismo también tiene grados y hay gente que prefiere llevar un ritmo más alegre?
Flipa los lugares por los que pasa la Vía Verde
Se nos acercaron dos amigos ya jubilados que salían con sus bicis eléctricas a dar una vueltita por la Vía Verde. Estuvimos un buen rato de cháchara con ellos, buena gente. Sólo con verles las piernas se daba uno cuenta de que habían hecho miles y miles de kilómetros. Ahora, ellos mismos decían, usaban las eléctricas para poder seguir dando pedales. De eso se trata a fin de cuentas.
Túneles, bosques, ríos y de todo
Cuando fuimos a Soria el año pasado, la tercera etapa recorría el Cañón del Río Lobos y fue la más espectacular de las tres. Es posible que, sin pretenderlo, en este viaje por Navarra y Guipúzcoa haya pasado lo mismo porque el entorno era impresionante. Rodábamos por un bosque súper tupido y cuando se abría te quedabas con la boca abierta del paisaje de colinas que se te presentaba delante. Un recorrido salpicado de túneles que servían para romper la monotonía de la pista.
Uno de Leganés no ve lugares así todos los días
La temperatura era perfecta. No hacía ni calor ni frío. El cielo amenazaba lluvia pero la previsión decía que no llegaría a caer. Así que nuestra única preocupación era dar pedales, charlar de cosas insustanciales y pensar dónde pararíamos a comer.
Echamos de menos el almuerzo
Una cosa mala sí tuvo este recorrido: no nos cuadró ningún pueblo para, a media mañana, hacer una paradita y tomar una cerveza con aperitivo como veníamos haciendo las dos etapas anteriores. Es una práctica muy recomendada por nutricionistas y entrenadores de todo el mundo porque te arregla el cuerpo y la mente. Nos tuvimos que conformar con unas barritas, qué le vamos a hacer.
Poco después de esta parada técnica a Raúl se le salió la biela izquierda. Sí, sí… se le salió, como oyes. Se trata de unas bielas Shimano XT de eje pasante y se ve que no estaban demasiado apretados los tornillos porque la tuerca negra de plástico se había perdido. De momento pusimos la biela en su sitio, apretamos los tornillos y continuamos nuestro camino.
Está claro que en ruta puede pasar de todo
Vamos a comer como Dios manda
Se fue acercando la hora de comer de verdad (parece que solo pensamos en comer y en beber) y echamos un vistazo al mapa.
Estábamos cerca de «Leitza» y el grupo delantero y el trasero acordamos parar a buscar algún sitio donde comer. La Vía Verde pasaba por encima del pueblo. Comer en esta localidad significaba perder bastante cota para llegar al pueblo. Cota que luego tendríamos que recuperar, claro. Pero, visto lo visto, qué más nos importaba una cuesta más después de la ensalada de rampas que llevábamos encima.
Track disponible en Wikiloc
Miguel tuvo la buena idea de preguntar a unos obreros que estaban construyendo algo a la altura de la Vía y le recomendaron bajar al pueblo, que había bares de menú del día. Así que cuando nos reagrupamos pusimos rumbo al restaurante más cercano que fue el Bar-Restaurante Sagasti. Te lo recomendamos bastante.
Mientras nos preparaban la mesa invertimos un ratito fuera del bar en arreglar la biela rebelde de Raúl, que luchaba por escaparse de la opresión del sistema de pedalier. Fuimos ingeniosos, mal está que yo lo diga. Aprovechando que era un sistema de eje hueco, cogimos un par de bridas gordas e hicimos una «o» con ellas. Las pasamos de un lado al otro y en cada extremo pusimos sendos topes metálicos (un mosquetón en un lado y un trozo de hierro de procedencia desconocida para mí) en el otro. Apretamos las bielas haciendo la «o» más pequeña y, por lo tanto, pegando bien los topes a las bielas para comprimir el conjunto. Funcionó bastante bien hasta el final de la ruta. Raúl es cuco y lo arreglará pero si hubiera sido la bici de Lude te digo yo que eso se queda así hasta que toque cambiar los rodamientos.
Soluciones imaginativas a problemas inesperados
Comimos muy, muy requetebién. Que si unas lentejitas, ensalada, entrecot… bueno, de todo un poco porque el menú era variado, casero y muy rico. No perdonamos ni postre ni café y salimos del bar muy satisfechos. Habíamos hecho bien en parar. Ahora tocaba recuperar altitud hasta el nivel de la Vía Verde.
Diana necesitaba una siestita
El túnel más largo de las Vías Verdes españolas
No veas tú la pereza que da ponerse de nuevo a dar pedales con el estómago lleno. Que una cosa es picotear algo y otra lo que hicimos. Teníamos más ganas de siesta que otra cosa. Especialmente los que habían trasnochado la noche anterior. Había que ver según qué caritas.
Nos tocó empujar las bicis un trecho, era imposible subir montado en la bici las rampas que comunicaban el pueblo con la Vía Verde. Nos quedaban unos diez kilometritos para llegar a Lekumberri.
Casi sin darnos cuenta volvieron a formarse los dos grupos. Ya te digo que fue la tónica dominante la mayor parte del viaje. Y llegamos al túnel de Uitzi, de 2.7 kilómetros. Un espectáculo. Se hace larguísimo y conviene ponerse una capita extra porque dentro hace frío.
El túnel más largo de una Vía Verde en España
A tomar por culo el dron
Al salir del túnel pensamos en hacer una toma muy guapa para el vídeo de Youtube: los perdedores saliendo del túnel siendo grabados por detrás con el dron. Así que nos adentramos un poco de nuevo en el túnel y puse a volar el dron. Se sumaron dos factores (bueno, dos sumandos): el primero, que no soy nada hábil volando el dron porque lo uso una vez cada cuatro o cinco meses y así no hay quien aprenda. El segundo, que dentro del túnel parece que la señal no iba del todo bien y el dron obedecía regular. Conseguí seguir a los perdedores en su salida, pero, una vez el dron estaba fuera y yo dentro, no conseguí evitar que se estrellara contra un árbol y que cayera… en un arroyo.
Pudimos rescatarlo, pero se había llevado un remojón de los buenos. Saqué la batería y caía agua tanto de dentro del dron como de la batería. Usamos pañuelos de papel para tratar de absorber toda el agua y humedad posible. Guardé el dron y no volví a sacarlo hasta que estuvimos de vuelta en Madrid. Por suerte el dron funciona, la batería no. Tengo dos baterías (bueno, ya solo una). Tengo que pensar si la repongo o no porque cuestan 6o pavetes.
Llegada apoteósica a Lekunberri
Queridos amigos, como bien sabéis todo tiene un final. Poco antes de llegar a nuestro destino nos reagrupamos porque era de recibo, ya que habíamos salido juntos, llegar juntos. Recorrimos los últimos 5 kilómetros, que ya picaban para abajo, en una larga fila india y entramos a Lekunberri tres días después, con casi 200 kilómetros y 2500 metros de desnivel positivo en las piernas.
Pasamos por la antigua estación que hace las veces de centro de interpretación y nos echamos la última foto grupal del viaje.
Cansados pero felices. ¡Prueba superada!
Bajamos a la avenida principal. Teníamos los coches a lo largo de toda la travesía. Fuimos despidiéndonos en grupos de a poquito. Con muchos abrazos sinceros y buenos deseos de volver a vernos pronto.
Conclusiones
Fue una paliza para el nivel de ciclista que yo tengo y para el nivel del perdedor medio, eso te lo aseguro. Pero mereció la pena. Cada metro.
Hemos tenido la suerte de haber montado en bici por paisajes impresionantes. Pasar por pueblos preciosos y disfrutar de aperitivos y comidas deliciosas (podrían haber sido mejores en algunos casos, es verdad).
Nos ha hecho, además, un tiempo perfecto. De vez en cuando hemos tenido que echar mano del cortavientos, pero hemos llegado a pasar calor en algunos trechos. Y nada de lluvia, que los días previos al viaje estábamos todos con la mosca detrás de la oreja.
Vamos… que todo excelente… Pero… UNA MIERDA al lado de haber podido vivir la experiencia con mis colegas. Si coges todo lo bueno del viaje para ponerlo en una balanza y en un platillo pones todo lo que ya hemos hablado y en la otra el compadreo, las conversaciones, el colegueo y, sobre todo, las risas, este segundo platillo pesaría tanto que las demás cosas saldrían volando. Así lo creo y así lo siento.
Y si este año hemos sido 11 y lo hemos podido gestionar lo mismo el año que viene somos 13 o 14, ya lo veremos. Porque si tras el viaje de Soria tenía yo dudas de hacer otro viaje tan seguido… ahora no me cabe duda de que la edición 2026 se va a celebrar sí o sí. Y espero, queridos lectores, poder compartirlo con vosotros.
Agradecimientos
Muchas gracias a las familias que soportan nuestras pedradas y nos facilitan un viajecito como este de vez en cuando.
También a tanta gente amable que nos indica la dirección correcta cuando estamos perdidos, nos recomiendan un bar donde parar a «repostar» y nos saludan con cara de sorpresa a ver un pelotón tan numeroso haciendo bikepacking.
Muchas gracias a los que se han estrenado en este tipo de viajes en bicicletas con esta aventura por Navarra y Guipúzcoa. Sé que lo habéis disfrutado y que repetiréis, ya tenéis el veneno dentro.
Y, claro está, muchas gracias a todos los Perdedores. Porque me hacen afortunado y me devuelven multiplicado por 1000 todo el esfuerzo que invierto en esta comunidad. Que dure 20 años más, como poco. Y luego ya iremos viendo.
