Queridos amigos de Perdedores BTT, como quien no quiere la cosa nos hemos plantado en el décimo aniversario de nuestra reunión anual de Perdedores, que se dice pronto. Diez años de risas celebramos en esta BiciCoa 2026. Y, si tienes paciencia, te lo voy a contar con pelos y señales. Tú ponte cómodo y déjate embelesar que yo, por mi parte, haré todo lo posible para que disfrutes de la lectura.
Retrospectiva
A estas alturas del partido no hace falta que explique que BiciCoa significa ruta en bici + barbacoa. En Perdedores BTT somos maestros del «naming», también lo sabes de sobra. Pero la BiciCoa, para mi regocijo, se ha convertido en algo más. Es el momento del año en que nos juntamos para celebrar… pues… la amistad, aunque suene cursi, qué quieres que te diga. Haciendo, además, lo que más nos gusta: montar en bicicleta y comiendo con familia y amigos. ¿Es que hay algo mejor? Pues con la tontería llevamos diez ediciones. Una década regalándonos esta jornada, que nació de manera puntual, simplemente con la idea de enseñar a los amigos las rutas y paisajes de los alrededores de la casita que nos acabábamos de comprar.
Pioneros en la BiciCoa 2014
Maillots retro, también algunos personalizados de Perdedores BTT, cuerpos delgados, bicicletas sencillas con ruedas, por supuesto, de 26 pulgadas y muchas ganas de pasárselo bien en la primera celebración de la BiciCoa, allá por 2014. La semilla de la celebración que hoy conocemos. Con presencia femenina. Hecho que, curiosamente, no pudo repetirse hasta varios años después.
Solo seis participantes en la BiciCoa 2015
La segunda edición, en 2015, no tuvo gran afluencia de público. Sólo seis perdedores acudimos a la cita. Fue la primera de Miguel y la única a la que no ha acudido como ciclista Sergio (a sufrir en la bici no vino pero a comer no faltó).
A lo largo de los años el evento ha ido evolucionando, lo veremos más adelante, pero la esencia se ha mantenido: madrugón, ruta tranquila (algunos años más y otros menos) y recompensa al final con aperitivos, bebidas frescas, barbacoa y una relajada sobremesa.
Tercera edición, BiciCoa 2016.¡ Volvemos a ser ocho!
En 2016, tercera edición, volvimos a ser ocho. Me gusta creer que el haber celebrado una tercera edición significó la consolidación del evento como «tradición». Ya sabéis que una tradición consiste en hacer una gilipollez por el mero hecho de llevar años haciendo esa misma gilipollez.
Cuarta edición en 2017. Protagonista, el calor
En 2017 estrenábamos maillots personalizados para la cuarta edición. Un regalazo que los Perdedores tuvieron a bien hacerme. Y volvimos a ser ocho, siendo la primera participación del primo Christian y de Juancar. Este año sufrimos de lo lindo por el calor. Menos mal que los familiares y amigos nos recibieron con una buena batería de artillería acuática.
Globos de agua al principio… barreñazo al final. En 2018 hizo calor
En 2018, en la quinta edición, no pude participar, tócate las pelotas, porque me acababan de operar de apendicitis. Pero no quise privar a los colegas de su cita anual con los pinares y las pancetas y organicé la BiciCoa con toda la ilusión.
Pobre de mí…
Me acerqué a ofrecerles un avituallamiento líquido y sólido a mitad de ruta en un día que medio amenazaba lluvia pero que finalmente salvamos. Como no participé, le pedí a Raúl que escribiera la crónica para la posteridad del blog.
¡Récord de 12 señorones acudiendo a la cita en 2019!
Feo está que yo lo diga pero en la sexta edición, en 2019, un servidor estaba fuertecito. Había estado dándole un poco más en serio a la bici (ojo, sin abandonar la senda del perdedor) y propuse un recorrido más exigente de lo habitual. Me costó caro, me dieron migrañas por el sobreesfuerzo y tuve que retirarme a mis aposentos hasta que se me pasó un poco y pude ser persona. Además habíamos incorporado al grupo a varios amigos: Jaime, amigo de toda la vida que empezaba dar sus pasos en este deporte (menudo guarrazo que se pegó el pobre), Ángel, veterano ciclista con mucho que aportar y Gualter, otro reenganchado que por entonces se apuntaba a todas. 12 ciclistas en total, récord absoluto.
Volvemos después del COVID, en 2022
Evidentemente, la pandemia del COVID-19 imposibilitó la celebración de la BiciCoa durante dos años, pero en 2022 volvimos con más ganas que nunca para celebrar la séptima edición. No batimos el récord de participación pero fuimos 11 los Perdedores que conseguimos juntarnos con la vuelta de Néstor y la primera participación de Jorge y Javi, compañeros míos de trabajo.
El calor fue insoportable y me dio un golpe de calor que me tuvo fuera de juego al menos cuatro horas. ‘Vaya vuelta a la normalidad por mi parte! Precisamente la edición que más familiares y amigos acudieron, porque nos juntamos casi 40 personas. ¡Una locura!
2023, algunas caras nuevas
En 2023, con el evento plenamente consolidado, celebrábamos la octava edición igualando el récord de 12 participantes. Podíamos haberlo superado si Natalia no hubiera sufrido una caída días antes. Sí, volvemos a contar con féminas en el pelotón: Natalia y Diana, de Guadarrama, forman parte de «Los Lomitos» junto a Jaime. Me alegra decir que están plenamente integradas en Perdedores, pero de perdedoras tienen poco.
2024, consolidación de Jaime y bienvenida a Javi
En 2024 celebramos la novena edición de la BiciCoa con la primera participación de Javi (el de la bici fosforita del medio de la foto). La ruta no fue demasiado complicada, lo justo para «hacer sed» y que el primo se cayera. La sobremesa fue especialmente amena con juegos y sorteos del agrado de todos los participantes.
2025, 12 participantes. ¡No conseguimos batir el récord!
En 2025 por fin Natalia pudo participar de la BiciCoa, dotando al evento de carácter internacional (porque es rusa, entiéndase). Echa un vistazo a esta última foto y compárala con la primera de la entrada. Todos con bicicletas de 29″, la mayoría de doble suspensión. Bastantes más kilos, tanto en las bicis como en los cuerpos. Lo que permanece intacta es la ilusión por encontrarse con los amigos en esta edición de 2025, la… ¿décima?…. Un momento, ¡Se supone que la décima es la de 2026! ¡Dios, he contado mal! ¡La décima era la de 2025 y no nos dimos ni cuenta! ¡Somos perdedores hasta para esto!
BiciCoa 2026
Sea como fuere, no puedo dejar de escribir la crónica sobre la undécima edición… Dios, he engañado a todo el mundo haciéndoles creer que era la décima y, por lo tanto, una edición relevante. Me siento mal… y bastante estúpido.
Pobres perdedores pensando que iban a celebrar la 10ª edición de la BiciCoa
En fin… puntuales a la cita, como si fueran a celebrar la décima edición de algo, se presentaron un puñado de valientes perdedores para pasárselo teta en compañía de sus (también engañados) amigos.
El Bombi es uno de los dos Perdedores que no se han perdido ninguna edición. Ya podría haber llevado la cuenta el tunante, pero no. Él va a lo suyo. ¡Cuánto egoísmo hay en el mundo!
Lo mismo te escala una montaña que te fríe un torrezno
Jaime Rodriguez… menudo es Jaime. Solo te digo que venía de hacerse la Madrid – Segovia con Natalia y con Diana. En plena ola de calor. Menuda bestia parda. Qué assssssssco de tío… ¡Uy, esto no tenía que haberlo escrito!
A Jaime le salió el día redondo, ya verás luego si sigues leyendo
Jaime Santos, que se pegó un madrugonazo con la familia para poder acudir a la décima edición (ejem…) de la BiciCoa y cerrar así el círculo que hace 10 años (ejem, ejem…) ayudaron a abrir él y Susana. Con su Kona Explosif de 1994, full rígida de 26″ con cuadro de acero. ¡Diosssssssss, que me emociono solo de escribirlo!
Ciclismo con olor a cereza y tasajos
Yo creo que ya sería raro que Javi se perdiera un cachondeo como la BiciCoa. Se lo ha pasado pipa en las dos ediciones a las que ha acudido dando la talla tanto en la parte de Bici como en la parte de Coa.
No sé si le gusta más la bici o la cerveza. Bueno… sí lo sé
Jesús, otro veterano perdedor, tiene un momento preferido y yo lo sé: cuando llega de vuelta a la casa y se prepara un vaso de gazpacho con un trozo de empanada. Ahí él es feliz y se le olvidan todas las penurias sufridas en las insolentes rampas bajo el sol de la media mañana abulense.
Dice que no toma gluten pero la empanada se la comía dos carrillos
Mateo, el heredero de Jaime y Susana, dio unas cuantas pedaladas en la BiciCoa del año pasado con nosotros pero ha sido en esta edición de 2026 cuando ha participado de los primeros 10 kilómetros, que tenían desnivel favorable. Eso lo convierte, naturalmente, en Perdedor de pleno derecho.
Hay cantera. En pocos años podremos hacer una ruta con las nuevas generaciones de perdedores
Miguel vino llorando. Que si tengo la tripa rara, que si los niños me han pegado algo y estoy flojeras… Llegó 20 minutos antes que yo. 20 minutos, con todos sus segundos. Luego hablaremos de estos 20 minutos, que contento me tenéis.
«Istii militi di li tripi»
Vuestro seguro servidor, Moisés, disfrutó como un enano. De todo el día, todo el rato. Tanto que acabé completamente destrozado. Necesito una cura de sueño y de lechuga.
Con ganas de otras 10… Otras 11… ¡Otras 50!
Natalia, en su segunda participación, venía con las ruedas flojas, como siempre. Al día siguiente tenía una prueba de 65 kilómetros por Segovia así que a la BiciCoa vino a calentar las piernas.
Natalia no sabe ir despacio… le pese a quien le pese
Pablo, en su segunda cita con la bici del año. Fue, sin quererlo, protagonista de la ruta por culpa de las averías. No importa, se solucionan y se llega más tarde. Pero no se pierde el humor, que es lo mejor que tenemos los Perdedores.
El auténtico espíritu del perdedorismo
El primo Christian hace muescas en la pared contando los días que quedan para la BiciCoa, que yo lo sé. Me cuenta que los amigos de su grupeta habitual van muy deprisa y le llevan con la lengua fuera. Entre nosotros, dado nuestro estado de forma, encuentra esa paz de espíritu que le permite ir de cháchara mientras subimos cuestas.
El primo flipa con la KTM doble. Más contento que unas castañuelas
Raúl es el segundo Perdedor que ha cumplido en todas las ediciones (las 10+1). Acudió con su Trek rígida de aluminio de 26″ con la misma reparación que hicimos durante el pasado bikepacking por Navarra. Si algo funciona, no hay que tocarlo.
Raúl promete futuras rutas por Cercedilla. ¡Estemos atentos!
Sergio, otro eterno integrante del vagón de cola, venía con la mosca detrás de la oreja por miedo a los calambres. Y es que manda pelotas que a un técnico senior de una de las energéticas más destacadas de España le den calambres, no me digas. Os adelanto que todo salió bien y lo único que le dio a Sergio fue calentura por subir cuestas al sol.
Remando siempre a favor de obra, otro ejemplo de espíritu perdedor
¡Por fin conseguimos batir el récord y juntarnos 13 Perdedores (tal vez debería decir 12,5 ya que Mateo solo hizo media ruta)! Sin duda la mañana prometía.
El Recorrido
No te creas que no estuve dándole vueltas al recorrido de esta edición «tan especial» de la BiciCoa. Siempre me gusta meter algún tramo nuevo, por corto que sea. Pero se me acaban las opciones, por dos motivos principalmente: en primer lugar quiero mantener la dureza controlada y eso limita los movimientos norte-sur, porque o bien nos tenemos que subir a los molinos o bien nos tenemos que bajar a valle. Hagamos lo que hagamos, el desnivel aumenta. En segundo lugar, llevamos un cerro de ediciones. Y como además en los dos últimos años también estamos celebrando la aMigada… pues multiplica por dos el «consumo» de nuevos trazados.
Track disponible en Wikiloc
Me decidí finalmente por volver a una zona por la que hemos rodado poco: la finca «El Bosque» y las pistas del valle. Configuré una ruta 100% pistera con un 60% de bajada y un 40% de subida (aproximadamente). A posteriori fui acusado de estar preparando el terreno para el gravel.. Porque de momento soy el único que tiene una bici que podemos medio llamar de gravel.
Un recorrido de paisajes más que de técnica
Una semana antes pude recorrer el trazado, que había pintado sobre el mapa en Wikiloc. Tuve que cambiar un par de cosas. Al principio, porque el track me obligaba a ir campo a través. Y al final porque había una bajada y una subida que obligaban a echar pie a tierra y empujar la bici. No aportaban nada, así que fuera. La ruta final, por lo tanto, recorría poco más de treinta kilómetros para ascender unos 600 metros de desnivel positivo, casi 500 en los últimos 13 kilómetros. No es una paliza, pero está un puntito por encima de los recorridos de las últimas ediciones.
Nos ponemos a dar pedales
Los Perdedores fueron llegando con cuentagotas, salvo Pablo y Raúl se habían quedado a dormir. Y mientras ellos llegaban, yo me afanaba por preparar cosas para la comilona de después: meter hielo en barreños con agua para enfriar bebida, colocar botellas en la nevera, etc. Además de llenar los bidones de agua y pensar qué ropa ponerse, pues estábamos a unos 13 o 14 grados pero la temperatura iba a subir sin duda, también hubo que ocuparse de algunos imprevistos: sacar agua para que rellenen los bidones, inflar ruedas…
Es curioso como un acto tan tonto como meterle aire a una rueda puede complicarse. Pablo, hinchando la rueda notó como al tocar la válvula perdía aire. Se había rajado en su base. Mal asunto, tocó cambiar la cámara. Pero más raro fue lo de Natalia. Javi se ofreció a inflársela y no sabemos si es que a poner la boca del inflador se la metió doblada o qué… pero al sacarla se quedó con parte del obús en la mano. Por suerte el aire no se escapaba, así que Natalia pudo hacer toda la ruta sin problemas con el obús partido. Luego, ya tranquilamente, Jaime le sacó los restos del obús original y le puso uno nuevo de recambio.
Tras las fotos protocolarias que has visto arriba nos pusimos rumbo a Navalperal de Pinares. Atravesamos el pueblo por el barrio de Salamanca y tomamos la carretera del puerto de La Lancha en dirección sur hasta la pista del matadero, llamado camino del 8 de octubre. Rodamos en grupo, el Bombi y yo a la cabeza y giramos a la izquierda nada más pasar el matadero municipal para tomar una segunda pista, más estrecha esta vez, que nos lleva a cruzar la CL-505, la carretera que va de El Escorial a Ávila.
Cruzamos con precaución, naturalmente, y tomamos la «Ruta del Bosque«, una de las rutas señalizadas de Navalperal de Pinares. El camino es bastante favorable y sin darnos cuenta rodamos por encima de 20 Km/h y el grupo se estira mucho.
Por mi parte procuro estar en la cabeza porque veo que Miguel lleva en el GPS la versión «mala» del track, la que nos mete campo a través. No tiene un giro a izquierdas que evita ese tramo y quiero estar pendiente de señalizarlo… pero cometemos el error de no esperar a los más retrasados.
Mateo, lógicamente, no puede seguir el ritmo y Jaime y él no nos ven girar a la izquierda y al no llevar el track les da por girar a la derecha. Nos damos cuenta pasados unos minutos y nos paramos a esperar. No vienen. Tratamos de llamarnos por teléfono pero no hay cobertura. Me retraso unos cientos de metros a ver si les veo venir pero no llegan. Deduzco, sin saber que Jaime no lleva GPS, que han seguido el track «malo» y les digo al resto que podemos continuar porque, aunque se coman un trecho de empujar la bici, nos encontraríamos más adelante.
Pasamos el punto donde los dos tracks , el malo y el corregido, confluyen y nos paramos a esperarles. Parece que la cobertura en este punto es mejor y podemos por fin hablar por teléfono. Es cuando me cuentan que se han ido por el lado contrario y que han dado la vuelta. Ya van por la senda buena y es cuestión de minutos que nos reagrupemos. Incluido Pablo, al que no habíamos echado en falta. Somos lo peor. Fíjate… hemos estado al menos media hora parados por no adaptar el ritmo a los que iban más despacio. Menos mal que no pasó nada, porque sin cobertura hubiera podido pasar que se tuvieran que dar la vuelta y adiós ruta en bici para ellos.
Perdedores reagrupados tras la pérdida
La primera tragedia
Seguimos bajando por el camino. No era complicado, pero tenía sus rocas, su raíces y sus roderas por aquí y por allá que hacían que tuviéramos que ir atentos. Y el paisaje, además, era bastante chulo. Sin duda tengo que explorar más esta zona.
Llegamos al Arroyo de la Monigosilla. Apenas un hilo de agua que se puede cruzar perfectamente montado en bici. Con la mala suerte de que Pablo, saliendo de la orilla, parte la cadena. Está saliendo la ruta rara.
Lleva una transmisión 2×9 y ninguno llevamos eslabón rápido de 9 velocidades (o eso creíamos, tú sigue leyendo) así que toca tirar de tronchacadenas, recortar y empalmar. Con la habilidad de Jaime (Santos) nos lleva apenas 10 minutos reanudar la marcha.
Reparando la cadena entre cuatro
Para dejar atrás el arroyo nos comemos una buena cuestarraca que termina en una pista bastante ancha que también pica para arriba, pero con menos pendiente, el Camino del Quintanar.
Llegamos a la carretera AV-502 que une Navalperal de Pinares con Cebreros y San Martín de Valdeiglesias. Aquí nos espera Susana con el coche para recoger a Mateo, que ya ha cumplido con la parte de ruta que le correspondía. Aprovechamos para quitarnos ropa. Son alrededor de las 11:30 y el sol está calentando de lo lindo.
Seguimos nuestro recorrido al otro lado de la carretera subiendo por pista ancha. Ya os digo que este año el trazado es 100% pistero porque me estoy convirtiendo al gravel irremediablemente y quiero arrastrar a todos los Perdedores conmigo. Subimos un kilometrín con una pendiente media del 5% y el grupo se desperdiga. En el vagón de cola nos quedamos Jesús, Raúl, Sergio y yo. Un poco más adelantados van Jaime (Santos) y el primo Christian. Y por delante el resto: Pablo, Javi, Natalia, el Bombi, Miguel y Jaime (Rodriguez).
Una bajada rapidísima
Superado este trecho cuesta arriba, comenzamos una larguísima bajada de 7 kilómetros por pista ancha donde daba gusto dejar la bici correr. Alcanzamos más de 50 km/h sin dar pedales, una gozada. Nos sirve para descansar, refrescarnos y admirar las vistas… siempre con un ojo puesto en el trazado porque aunque está limpio siempre existe la posibilidad de meter la rueda en una rodera o pisar una piedra que nos haga caer.
Jaime, con la Kona Explosif de 1994 completamente rígida y con rueda, claro está, de 26″ registra en su reloj 55 Km/h. Ojo con eso. Cuando el trazado lo permite, como en curvas cerradas, mola mucho ver al grupo estirado al otro lado de la curva, algunos metros por delante.
El descenso concluye y nos reagrupamos. Hemos llegado a una zona bastante arbolada a la orilla del río Sotillo. Estamos a 930 metros sobre el nivel del mar. Empezamos el descenso a unos 1200 así que hemos descendido casi 300 metros del tirón. Desnivel que tenemos que remontar con creces porque todo lo que queda de ruta, unos 13 kilómetros, son prácticamente de subida.
Todo lo que queda es subida
Giramos a la izquierda e inmediatamente comenzamos a subir. La pendiente es llevadera, se puede ir charlando y el paisaje merece la pena: bonito pinar a la izquierda y vistas al valle a la derecha. Es cierto que el sol ya ha secado el campo en gran medida. Hace unas semanas, con todo verde, tendría que ser impresionante.
Nos separamos en dos grupos, como ya es habitual. Me quedo en el grupo de cola como también es habitual. Con los habituales, como, no puede ser de otra manera, es habitual. Vamos charlando de nuestras cosas mientras avanzamos camino. Parece que así la ascensión se hace más llevadera. Agradecemos además la sombra que nos van ofreciendo los árboles aquí y allá. Ha subido mucho la temperatura. Es curioso, un par de horas antes llevábamos manga larga y no nos sobraba y ahora nos estamos achicharrando.
Un ligero descenso nos aproxima al Arroyo Retuerta que, por si no lo sabéis, es el que alimenta los embalses de la Ciudad Ducal. Aquí volvemos a agruparnos para afrontar el monstruo de final de fase: la pista cementada.
Pista de cemento rayado
Cuando la pista es de cemento es porque tiene buenas rampas, eso lo sabe cualquier ciclista con un poco de experiencia. Y la que nosotros íbamos a recorrer hace justicia a esa afirmación. Sobre todo al principio, con desniveles del 14% (que yo haya visto en Strava).
Sería al principio de esta larga ascensión la última vez que vería de cerca a Jaime, a Javi, a Natalia, a Miguel y al Bombi. Un placer haber compartido media ruta con ellos, entiendo que la promesa de una cerveza fría y un merecido apetitivo les daba alas para apretar los pedales y recorrer lo que quedaba de ruta al más puro estilo de grupo de escapados de gran vuelta. Los que no estábamos tan en forma para seguir el ritmo (o preferían no seguirlo por acompañar a los que de verdad no podíamos) fuimos penando por detrás, remontando rampa tras rampa ante la impasible mirada del buitre que se quería comer a Jesús.
Pero no hay mal que cien años dure ni pista asfaltada infinita, así que poco a poco, con perseverancia, cabeza y compañerismo, el grupo de rezagados conseguimos llegar a la Ciudad Ducal.
Llegamos a la Ciudad Ducal
Rodando por encima del embalse de la Cuidad Ducal nos encontramos a Pablo. Iba con el primer grupo hasta que no pudo seguir el ritmo y se quedó descolgado. Mientras solo hubo un posible camino, él tiró. Pero llegó un momento, en una bifurcación, en el que no supo qué opción seguir. Los del grupo de cabeza no se dieron cuenta de esperarle… por lo de la cerveza fría y el aperitivo que hemos comentado antes y se quedó el hombre entre Pinto y Valdemoro como un perrillo abandonado. Se incorporó al vagón de cola y seguimos nuestro camino rodando por el Camino del Pocillo.
Giramos a la izquierda por el Camino de la Huerta, en mi afán por mostrar opciones nuevas de recorrido. Muchas veces hemos ido por la Ciudad Ducal, pero casi siempre por los mismos caminos, los que la rodean. Esta vez quería yo atravesarla de izquierda a derecha. Llegamos a la plaza de la Duquesa, dejando la piscina a la izquierda. Un baño nos hubiera venido de perlas, hacía ya bastante calor. Pablo comenta que la transmisión le hace un ruidito raro y… ¡dos minutos después vuelve a romper la cadena! Menos mal que, al no poder seguir el ritmo del grupo de cabeza, fue prudente y no quiso adivinar el camino a seguir porque no le habríamos encontrado y sus días habrían acabado abandonado en una urbanización de gente con dinero con la cadena rota sin posibilidad de repararla.
Segunda rotura de cadena
La reparamos apretándola con el tronchacadenas de Jaime Santos porque no se veía demasiado abierta. Pero la reparación apenas duró unos metros, volvió a abrirse por el mismo sitio. Apenas quedaban cuatro kilómetros para terminar la ruta, pero no poder hacerlo montando en bicicleta no estaba en nuestros planes. No recuerdo quién insistió en la pregunta de si teníamos un eslabón rápido de 9v y yo caí en la cuenta de que llevaba la misma mochila que he estado usando durante años, desde que usaba bicicleta de transmisión 3×9.. Así es posible que llevara uno. Y así fue. Y a Sergio le pasó exactamente lo mismo. Vamos, que de haberlo chequeado antes seguramente nos habríamos ahorrado este segundo y tercer contratiempo con la cadena. ¡Ahora nos sobraban los eslabones!
Por fin llegamos
Salimos de la Ciudad Ducal por la carreterita que da a la AV-505 pasando por encima de la vía del tren y rodando tranquilos y en grupo a la sombra de los árboles. Cruzamos la carretera y tomamos la pista de infausto recuerdo para el primo. Menudo pajarote le dio aquí en la segunda edición de la aMigada.
Un primo para el arrastre
Habitualmente, cuando rodamos por este camino giramos en el segundo cruce a la izquierda pero esta vez, por eso de enseñar caminos nuevos, lo hacemos en el primer giro, por el camino de servicio de la línea eléctrica. Total, al final vamos a parar al mismo sitio: una bajada muy divertida por las piedras y las raíces que nos lleva al puente sobre el ya conocido Arroyo Retuerta.
De este punto a la casa solo falta remontar una última cuesta… que siempre se hace bola porque, ni es empinadísima ni larga, pero tiene raíces y piedras puestas a mala idea. Estando ya cansado, cuesta trazar bien. Pero lo superamos, naturalmente, y llegamos a la urbanización de vuelta todos juntos. Bueno, todos los del segundo grupo, claro. Los del primer grupo llegaron 20 minutos antes.
Se acaba la Bici, empieza la Coa
Fue al entrar en el jardín y ver al resto de ciclistas ya cambiados de ropa y disfrutando de su merecido refrigerio cuando nos dimos cuenta de la enorme distancia en tiempo que nos habían sacado. Veinte minutazos con todos sus segundos. No puedo contar cómo vivieron ellos la carrera, naturalmente, porque yo iba por detrás desde que empezó la subida, en el kilómetro 20 de ruta. Si alguno se anima a escribir la crónica me haría mucha ilusión publicarla, así podemos hacernos a la idea de cómo se vive una BiciCoa desde los puestos de cabeza.
Familiares y amigos ya habían llegado y tras los saludos pertinentes enseguida comenzamos con los preparativos: que si saca el gazpacho, que si corta esa empanada, que si ponte a freír torreznos, que si pégale fuego a la barbacoa para que se vayan haciendo las brasas… Quiero pensar que la gente, después de tantos años, se siente como en casa y eso se nota. Las bromas se suceden, las risas no faltan y la cerveza, al menos estos primeros minutos, corre a discreción.
Empanada personalizada
La sobremesa, con la panza llena, es uno de los mejores momentos. Con la barriga llena comienzan los juegos. Este año, siendo el «décimo» aniversario, nos inventamos el juego de «la ruleta de la mala suerte». Fabricamos una ruleta con una rueda de 29″, un tablero de madera, una varilla roscada y poliespán. Preparamos unos 35 regalos sorpresa para que cada asistente, ciclista o no, comenzara con uno. Fuimos uno a uno tirando de la ruleta y obedeciendo la orden correspondiente al número que nos salía: devuelve el regalo, cámbialo con otro… No te creas que eran regalos de categoría.
La ruleta de la mala suerte es el juego de moda este verano
Eran regalillos de Aliexpress de pocos euros, todos, eso sí, relacionados con el mundo del ciclismo: guantes, gafas, parches, bolsas, timbres… Pero dieron muchísimo juego, echamos una horita muy divertida. Vamos, solo te digo que hicimos tres rondas.
Luego mi cuñada Miriam me sorprendió con una «tarta» de gominolas para conmemorar el «décimo» aniversario de la BiciCoa. Tócate las pelotas, Manolete, que soplé las velas como un niño chico, tan contento yo de celebrar el décimo aniversario del evento… Si es que…
¡Tarta de gominolas y chocolatinas!
Eso es todo, amigos
Poco a poco a cada uno le fue llegando la hora de marchar y en el jardín cada vez había más sillas vacías. Los que quedábamos seguíamos comiendo y bebiendo, no te creas. Si no eran gominolas eran chocolatinas o algo de fruta. Allí había de todo.
Cayó la noche y allí estábamos. Charlando sobre cualquier tema, cenando, por si no estábamos ya de comida hasta las orejas.
Y yo tan contento de haber celebrado la décima edición de la BiciCoa, ya ves tú, cuando era la undécima.
En fin, qué más da. Lo importantes es que cada una de las ediciones, que habrán salido mejor o peor, que habremos acudido más o menos ciclistas, amigos y familiares… lo importante es que ese día nos significamos como lo que somos: un grupo muy, muy variopinto que nos juntamos con la excusa de la bici pero unido en realidad por un pegamento bi-componente mucho más potente: el de la amistad catalizado por el sentido del humor. Eso es, el compañerismo, la risa y la broma es el factor común, el caldo primitivo en el que surgió el gen de Perdedores BTT. No lo olvidemos y hagamos gala de ello porque no somos los más rápidos, ni los más técnicos, ni los que mejor suben, ni los que mejor bajan, ni los que más kilómetros hacen, ni los que más pulsaciones alcanzan, ni los que mejores bicicletas tienen, ni los que más entrenan, ni los que mejor saltan, ni los que mejor derrapan, ni los que mejores caballitos hacen, ni los que mejor pasan por trialeras, ni los que mejor vadean ríos y arroyos, ni siquiera los que mejor se toman las cañas de después. Somos todo lo contrario, somos diferentes, somos Perdedores.
¡A por otras diez (o nueve) BiciCoas más!
