Rodeando el lago Constanza en bicicleta

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Muy atento porque te traigo una entrada de las buenas, buenas. Nos hemos pasado cinco días rodeando el lago Constanza en bicicleta y te lo voy a contar con pelos y señales. Además voy a ser maligno. Voy a intentar darte mucha envidia para que te pongas las pilas y te animes a sacar a los niños en bici, que hay cosas que tienen su tiempo y su edad y si te despistas te pilla el toro y adiós muy buenas. Y so no tienes niños, que yo no te obligo, también quiero que te eches la manta a la cabeza y te embarques en una aventurilla de bikepacking porque merece la pena. Hazme caso.

Y como viene siendo habitual, te incrusto el vídeo del viaje. Que esta vez dura más de una hora, ojo. Espero que te guste, tiene sus momentos.

Vamos a empezar por el principio

A mí me parece lógico empezar esta narración por el origen de la idea. Como eres un fiel seguidor (o miembro, ojo) de Perdedores BTT ya sabes que en el mes de julio de 2023 nos embarcamos en lo que fue la primera super-aventura bicicletera familiar: recorrimos 350 kilómetros desde Passau (Alemania) hasta Viena (Austria) por la orilla del Danubio. Como salió todo tan a pedir de boca nos quedamos con ganas de más. Enseguida comenzamos a buscar otros recorridos por Europa aptos para el cicloturismo más cómodo y llanito. El lago Constanza se posicionó rápidamente como el primero de la lista por diversos motivos que te enumero para que te enteres bien:

  • El desplazamiento hasta el destino es sencillo: apenas un avión hasta Zúrich y un tren hasta Constanza.
  • El kilometraje es asequible: 250 kilómetros es algo que podemos asumir en cinco días.
  • Recorrido bien preparado: el trazado está bien indicado y miles de ciclistas (no exagero) lo recorren cada día.
  • El desnivel no es un problema: cuestas siempre hay, pero el trazado es primordialmente llano.
  • Opciones de alojamiento: existen muchas alternativas para quedarse a dormir en las localidades intermedias.
  • Componente económico: no te voy a decir que está tirado de precio pero ahorrando un poco se pueden cubrir los gastos.
  • Valoración del riesgo: si algo pasa, de la índole que sea, estamos en Europa y podemos solucionarlo con relativa facilidad.
  • Clima amable: en verano hay que tener cuidado con el calor, que vamos a pasar muchas horas en la bici.

Seguro que hay muchos más factores pero estos tienen el suficiente peso como para hacer que nos decidiéramos por el lago Constanza.

Bicis al pie del caminoAlgunos sitios bonitos había

Pero el viaje hay que organizarlo, claro

Y no es poca cosa. Lo primero es acordar las fechas entre las dos familias. Nos decidimos por viajar el 15 de julio (de 2025, lo escribo porque puede que estés leyendo esto en 3028 desde Júpiter) y comenzar la primera etapa el día siguiente.

Una vez cerradas las fechas compramos los billetes de avión. Volaríamos a Zurich, que es un destino bastante normalito así que hay vuelos a diario y no te salen por un ojo de la cara. Otra opción es ir en coche. Unos tres días de conducción. La ventaja es que puedes llevar tus propias bicis… pero menuda paliza de coche. A nosotros no nos compensaba.

Buscar alojamiento es más complicado. En primer lugar porque somos nueve (familia de 4 y familia de 5). No te creas que es sencillísimo buscar dónde dormir 5 personas. Las habitaciones familiares suelen ser para 4. Ser impares también complica recurrir a habitaciones dobles. Pero con paciencia, tiempo y Booking.com conseguimos reservar todos los alojamientos que necesitábamos. Te los voy a poner en una lista por si acaso te pudieran servir de referencia en el caso de que pretendas replicar este viaje, que nunca se sabe:

Tabla de alojamientos Constanza

Ojo, esta fue nuestra selección buscando siempre la relación calidad/precio. Generalmente había más opciones pero o bien se iban de nuestro presupuesto o bien no permitían reservar para una sola noche.

Si eres 100% aventurero puedes llevar avíos para acampar e ir pasando las noches en campings, que hay un montón a lo largo de todo el recorrido.

En el caso de que quieras hacer más o menos etapas tendrás que buscar, seguramente, en otras localidades de destino como Bregenz o Romanshorn. En fin, alojamiento hay. Es cuestión de echarle unos cuantos ratitos buscando.

Nubes chulasVimos muchos zepelines

Teniendo los vuelos y los alojamientos solo queda pendiente el asunto del alquiler de bicicletas. Hay muchísimos sitios donde alquilarlas siendo este un recorrido tan habitual. Una búsqueda rápida en Google y ya tenemos candidata: una tienda al lado de la estación central de tren de Constanza, perfecto. Intercambiamos un par de correos para concretar las especificaciones de las bicis que teníamos y el precio y listo: bicis reservadas para los nueve, con alforjas, casco y candados. ¡Todo perfecto!

Venga, vámonos a Constanza

El día del viaje de ida comenzó muy temprano. A las 5:00 nos pusimos en pie. Habíamos dejado todo preparado la noche de antes, pero como para llegar al aeropuerto tenemos que atravesar Madrid (bueno, rodearla por la M40) es preferible salir pronto y llegar una hora y media antes tardando 35 minutos que salir más tarde e invertir una hora por el atasco mañanero de Madrid.

Nos juntamos con Jaime, María y los niños en la puerta de embarque. El vuelo a Zúrich fue cómodo. El avión tenía pantallas interactivas individuales y el que quiso se puso una peli. Yo me puse un concierto de Pet Shop Boys mientras leía un rato y cuando me cansé me puse a jugar al Angry Birds. Vamos, un planazo para un vuelo de dos horas.

Esperando en el aeropuertoEsperando pacientemente en el aeropuerto

Lo malo fue que nos rompieron tres ruedas de una maleta. Y al ir a pedir información sobre como reclamar nos dijeron que siguiéramos más adelante para preguntar en información. Y  en información nos dijeron que teníamos que reclamar al socio de Iberia en ese vuelo, que estaba saliendo de la terminal a mano izquierda. Pero cuando llegamos a las oficinas del socio un señor nos dijo muy amablemente que habiendo salido de la terminal ya no podíamos reclamar, que teníamos que haberlo hecho dentro. Claro… al de la limpieza debe de ser porque allí no vimos a quién más reclamarle. En fin, empezamos mal el viaje pero una maleta rota no iba a arruinar nuestro ánimo.

El aeropuerto tiene estación de tren aledaña. Compramos billetes para llegar a Constanza en el siguiente tren. Salen cada hora aproximadamente. Son trenes comodísimos. No te asignan un asiento, puedes sentarte donde quieras. Pero no te quieras colar porque pasan los interventores picando los billetes a la antigua usanza.

Tras poco más de una hora de tren conseguimos llegar a Constanza. El siguiente paso sería acudir a los apartamentos para dejar el equipaje y refrescarnos. Hacía calor. Se encontraban a una media hora caminando, más o menos. Pero como no podíamos entrar hasta pasada una hora decidimos hacer una parada técnica para tomar algo de beber, que no podía ser que lleváramos en Alemania ya 20 minutos y no hubiéramos tomado una cerveza.

Esta ronda la pago yoMira la «coca-cola» cómo mola

Los apartamentos…bueno, más bien eran estudios. Estaban bien. Las camas eran cómodas y estaban muy limpios (que es lo mínimo que se puede pedir). Después de una duchita salimos a dar un paseo por Constanza. Tomamos un helado y nos acercamos a la tienda de bicis a dar señales de vida y volver a comprobar que nuestra reserva estaba registrada convenientemente.

Cenamos en una mesa corrida en el exterior del edificio de los apartamentos. Y a dormir, que mañana el día pintaba bastante largo.

Foto que atestigua nuestra estancia en ConstanzaEl centro de Constanza estaba petado

Etapa 1: Constanza – Meersburg (33 Km)

El primer día de ruta. Pero no te creas que fue levantarse, desayunar y ponerse a dar pedales, qué va. Había mucho por hacer antes. Lo de levantarse y desayunar sí fue lo primero, no lo niego, pero date cuenta de que no teníamos ni bicicletas. Así que tras recoger tooooodo el equipaje y dejar los estudios recogidos acudimos a pie a la tienda de bicis.

Debía de ser hora punta porque tuvimos que esperar un ratazo a que nos atendieran. Y cuando llegó nuestro turno… yo no he visto hombre con tanta paciencia como el dependiente de Kultur-Rädle (que acabo de comprobar con el traductor de Google que significa «rueda de la cultura»). Que si esta bici es grande para el niño, que si necesitamos dos candados más, que si nos sobra una alforja, que si el color del casco no me gusta, que si nos puede dejar soportes para llevar el móvil en el manillar, que si me puede guardar estas tres maletas hasta que volvamos a devolver las bicis… vamos, un ejercicio de contención tuvo que hacer el señor teutón para no mandarnos a la mierda a los 9 españoles ruidosos que no hacíamos más que pedirle cosas y meter bulla.

Más de una hora y media estuvimos recogiendo las bicis y metiendo nuestro equipaje en las alforjas, no te creas. Pero finalmente conseguimos salir.

Comenzando caminandoCaminando por las zonas peatonales

Tras un par de fotos que servirían para atestiguar el inicio de nuestra ruta, cruzamos el Rin y pusimos rumbo este para comenzar nuestro viaje alrededor del lago Constanza en sentido horario. ¡Olé, después de cinco meses estábamos en marcha!

Este primer día sería el más ligero. Perfecto para calentar el cuerpo y tener una toma de contacto suave, que si te metes el primer día una buena paliza lo mismo se tuerce la cosa y el segundo día no apetece ni ponerse el culote.


Track disponible en Wikiloc

Enseguida abandonamos el núcleo urbano. Las casas, preciosas la mayoría de ellas, comenzaron a dispersarse. Rodábamos por principalmente por urbanizaciones. De vez en cuando el entorno se «naturalizaba» cuando atravesábamos algún bosquecillo pero por lo general, y es algo que nos defraudó un poco desde el primer día, no rodábamos junto al lago. No es algo en lo que quiera insistir mucho durante el relato de este viaje pero tienes que saber si bien cuando fuimos al Danubio el 95% del camino era por la orilla del río, en este caso el 95% no lo es. Todos los días veremos el lago, claro, pero la mayoría del tiempo rodaremos sensiblemente separados del mismo. Esto no significa en absoluto que el entorno sea feo, ojo, no me malinterpretes. Pero te digo lo malo desde el principio para que no te hagas unas expectativas erróneas: exposición al lago moderada y mucho rato de rodar por urbanizaciones. Ea, dicho queda.

Afueras de ConstanzaBosquecillo a las afueras de Constanza

Como ya acumulamos cierta experiencia en este tipo de viajes y los niños están razonablemente instruidos no sufrimos demasiado los típicos parones que ocurren al principio de las rutas. Ya sabes, el «espera que se me mueve la alforja», «para que llevo el sillín muy alto», «no me cambia la bici», «me roza el freno»… Me puse en cabeza marcando un ritmo asumible. Álvaro se colocó detrás mía. Siendo «el eslabón más débil» sería el «fusible» que determinaría si la fila de ciclistas se cortaba o si la velocidad era adecuada.

Pasamos junto a la isla de las flores, posiblemente el mayor atractivo turístico de Constanza. No paramos a visitarlo porque invertiríamos demasiado tiempo. Seguimos adelante y llegamos a Wallhousen. En esta localidad teníamos que tomar un barquito para cruzar al otro lado de la cola superior del lago. Hicimos esto por varios motivos que te enumero para que veas tú qué bien:

  • Evitaríamos algunas cuestarracas de la zona más noroccidental del lago.
  • Recortaríamos el kilometraje, que como he dicho antes conviene ir de menos a más.
  • Montaríamos en un barco, que parece una tontería pero este tipo de alicientes les pone las pilas a los niños.

Tuvimos muchísima suerte porque subimos al barco cinco minutos antes de su partida. De no haber llegado a tiempo habríamos tenido que esperar una hora, que tampoco es una locura. Según embarcamos le cedimos las bicicletas a unas amables señoritas que con eficiencia germánica las fueron colocando muy ordenadamente en la cubierta inferior (tú hubieras dicho «planta baja» pero yo tengo conocimientos marineros). Las personas nos subimos a la cubierta superior que tenía parte techada y también asientos al aire libre. Nos acomodamos y disfrutamos del trayecto que fue bastante corto, la verdad. Se paga una vez el barco ha partido del puerto. Imagino que para arrojarte por la borda si no tienes dinero para pagar el pasaje (en mi cabeza al menos es así).

Barco bicicleteroSentido del orden germánico

Desembarcamos en Überlingen. Y se puso a chispear. Algunos sacamos los chubasqueros, otros (con más tino) prefirieron esperar a ver cómo se desarrollaba la cosa. Fue apenas un nubarrón, despejó enseguida. Como era la hora de comer nos pusimos a buscar una panadería donde comprar bollos de pan para hacer bocatas. Llevábamos embutido en cantidades industriales, lección aprendida de nuestros viajes pasados.

El pueblo tiene un paseo bonito y justo en frente de la iglesia pudimos hacer la compra. Una pena, porque pocos metros más adelante había un foodtruck de salchichas y te digo yo que hubiéramos apañado la comida a base de bien con una grossen salchichen y una buena cervezaca.

Salimos de Überlingen con intención de comer en la Basílica de Birnau, a unos cinco kilómetros. Para llegar hay que subir una cuestaza de las gordas pero merece la pena. La Basílica es impresionante por fuera pero mucho más por dentro y al estar en un alto las vistas sobre el lago son espectaculares. Además tiene una zona con sombra y merenderos que para nuestro objetivo de comer nos iban a venir de perlas.

BasílicaLa Basílica por dentro era impresionante

Apañamos la comida bastante bien con unos bocatas acompañados que entraron mejor con la ayuda de las cervezas que compramos en un kiosquito que había junto a los merenderos. Resulta que una de las dependientas hablaba español perfectamente porque había estado viviendo en Málaga. El mundo es un pañuelo.

Se levantó un viento muy desagradable. Como de tormenta. Apenas quedaban ocho kilómetros para llegar a nuestro destino y nos apresuramos a partir porque sería una pena haber casi salvado el día y mojarnos estando tan cerca del final.

Una parada obligatoria era el Museo de los Palafitos de Unteruhldingen… que si te soy sincero, si lo llego a saber ni paramos. No es barato (para lo que es). Cuesta 14.50 € la entrada para los adultos y 8.50 € la infantil entre 5 y 15 años. Se trata de un museo antropológico (o etnológico, no sabría decirte) centrado en las poblaciones que habitaban las orillas del lago hace un porrón de años (entre 3000 y 6000) construyendo sus casas y demás edificaciones sobre pilares clavados en el fondo del lago. Sobre el papel mola, pero nos trataron como el culo. Nada de cartelería en otro idioma que no fuera Alemán, nada de explicaciones en inglés… Vamos, que el guía comenzó a hablar en Alemán y le pedimos si podía explicarlo en inglés pero se ve que le vino mal porque preguntó a la audiencia (en alemán) si alguien más era no-germano hablante y como era que no… pues te jodes y te aguantas por español y por no saber alemán.

PalafitosMuseo de los Palafitos

Una vez abandonamos el museo los niños pidieron un helado pero no se lo concedimos porque somos padres bastante severos. El resto del recorrido fue tirando a feo porque rodábamos por un carril bici con mucho tráfico de bicicletas junto a una carretera (pero separado debidamente) con bastante tráfico motorizado. Así que nos concentramos en llegar y punto pelota. Nos separamos en dos grupos, seguramente por culpa de los semáforos que había a la entrada de Meersburg. Nos agrupamos, ya finalizada la etapa, justo antes de subir a pie la calle peatonal que nos conduciría hasta el hotel donde pasaríamos la noche. No veas tú qué cuesta. No nos dejó apreciar en un primer momento lo bonito que era el pueblo.

Hicimos el check-in del hotel (preciosísimo hotel) y tras dejar las bicis en el garaje, refrescarnos y descansar un poco salimos a estirar las piernas y conocer el pueblo. No exagero si aseguro que este pueblo está en mi top-3 de pueblos bonitos, fíjate lo que te digo. Así a bote pronto me vienen a la cabeza pueblos del norte de España como Torla,  Sos del Rey Católico, Aínsa… una locura de pueblo.

MeersburgCastillo viejo de Meersburg

Subimos a un mirador pero las vistas estaban bloqueadas por las copas de los árboles así que fue un poco fail. Bajamos al nivel del lago para buscar donde cenar y el primer local de la calle resultó ser un restaurante italiano que cumplió con nuestras expectativas más que de sobra. Un par de ensaladas y unas pizzas supieron a gloria. Porque estábamos cansados después de todo el día trajinando y porque realmente estaban riquísimas.

Paseamos un poco hasta el final de la calle para comprobar que no nos dejábamos nada sin ver pero hacía freso y volvimos pronto al hotel con la barriga llena y una sonrisa que no nos entraba en la cara de pura satisfacción cicloviajera y bicituristera. Habíamos completado el primer día de ruta con éxito. La cosa marchaba bien.

Etapa 2: Meersburg – Lindau (45Km)

Levantarme por la mañana después de haber descasado como un bebé, mirar por la ventana del hotel y ver las preciosísimas calles de Meersburg va a ser uno de los mejores recuerdos que me guarde de este viaje.

Vistas desde la ventanaFlipa con el pueblo

Se madrugó, como todos los días, para ponernos en marcha tempranito. No sin antes, por supuesto, dar buena cuenta del buffet libre del desayuno. Que yo creo que fue algo escaso, eso también te lo digo. Me quedé sin croissants. Mala suerte, haber madrugado más.

MeersburgLos niños no quisieron esperar y se fueron a por las bicis

Total, que fuimos al garaje bicicletero a sacar nuestras monturas de alquiler y, lo mismo que subimos la imponente rampa de la calle principal del casco antiguo del pueblo, la bajamos: caminando con las bicis porque es peatonal y está prohibido por las autoridades municipales el ir montadito cuesta abajo. Eso sí, habiendo visto una panadería junto al hotel no dudamos en aprovisionarnos de bollos de pan para la comida. Siendo nueve y zampándonos dos bocatas cada uno… la panadera flipaba al despacharnos casi veinte bollos. Se ve que no está acostumbrados en Germania a los devoradores de pan de Guadarrama.

Track disponible en Wikiloc

Pasamos junto al restaurante de la noche anterior (¡Qué rica estaba la pizza!) y avanzamos admirando los viñedos perfectamente alineados que se encuentran a los pies del castillo nuevo de Meersburg. Una locura de pueblo, hazme caso.

Rodamos junto al lago… pero no podemos verlo porque una densa cortina de árboles nos lo impide, tócate las pelotas. El día está bonito. La temperatura es buena, no hace calor y además de vez en cuando se nubla un poco. Lo agradecemos. Álvaro sigue rodando en segunda posición y un servidor, en cabeza, trata de adaptar la velocidad. Que no es fácil, ojo, porque desde atrás me dicen que acelere porque van dando frenazos y acelerones. Pero si acelero el grupo se estira mucho y podemos cortarnos fácilmente en cuestas o semáforos. No te creas que es agradecido el rol de conductor de serpientes multicolores.

Cadena de ciclistasParada técnica para reagruparnos

Hacemos casi media etapa del tirón, que no está mal, y paramos en Friedrichshafen a tomarnos un respiro. En este pueblo está el museo del Zeppeling (no de Led Zeppeling, ojo) pero como el museo del día anterior nos había dejado un sabor de boca regulero ni siquiera nos planteamos entrar. Localizamos una playita con un buen césped en la orilla y nos bañamos en el lago Constanza por primera vez. Bueno, algunos más que otros. Yo reconozco que solo metí los tachines porque el agua estaba fría que cortaba.

Lo que no estaba fría, y mira que me jode, es la cerveza de trigo que nos tomamos en un chiringuito junto a la playa. Y qué tendrá un chiringuito y la posibilidad de rascar algo de beber o de comer para un niño que los estando en la orilla al segundo estaban en la barra pidiendo con nosotros. Es como un sexto sentido que han desarrollado y del cual nosotros los adultos aún no hemos aprendido a escabullirnos.

El agua estaba muy fríaAgua helada del centro de Europa

Una vez recuperada la energía y la ilusión por dar pedales retomamos nuestro camino periurbano. La siguiente parada sería para comer. Recorrimos unos 10 kilómetros más hasta llegar a Langenargen. Otra localidad encantadora con un parque con árboles enormes que daban una sombra excelente para sentarse a comer un merecidísimo bocata. Llamaba la atención lo cuidado que estaba todo. Por supuesto, limpísimo. Era imposible ver un papel en el suelo.

Nos quedaban cerca de 20 kilómetros para llegar a Lindau, así que nos volvimos a poner en marcha. Rodábamos fundamentalmente por urbanizaciones. Es complicado encontrar un trecho donde el ser humano no haya posado su zarpa. Con buen gusto, eso sí, pero nos decepcionaba un poco no estar contemplando paisajes naturales, la verdad.

La parada del bocataLos bocatas en ruta saben mejor, por lo que sea

Saliendo de Langenargen pasamos por encima del río Argen, que tiene un puente antiguo maravilloso. Pero no lo tenía yo en la cabeza y cruzamos el río por el puente moderno que es tirando a feo. No pasa nada, así vemos el puente bonito desde fuera, que por todo protestáis.

Comenzamos a ver plantaciones de frutales. Y puestos a pie del camino con cestitas de fruta con el precio indicado, pero sin nadie que los atienda. Se trata de que como eres un ser humano como debe de ser y tus padres te educaron en la ética, tú coges la fruta y dejas la pasta para que el hortelano la recaude sin tener que estar pendiente de que le robes el pan de sus hijos. ¿Lo veis factible en España? Yo, por desgracia, no.

Sucede que el calor aprieta y los kilómetros se dejan notar. A pesar de no ir rápido las cuestas que salpican el recorrido, que son cortas pero empinadas, hacen que Álvaro pierda la segunda posición y comience a necesitar ayuda paterna. De momento solo en modo de empujones por la espalda en estos tramos tan concretos. Pero, claro, ralentizan ligeramente la marcha y como los mayores suben las cuestas como tiros la consecuencia es que el grupo se separa en varios subgrupos. No pasa nada, contábamos con ello, es cuestión de bajar la velocidad y reagruparse. Así lo hicimos en la entrada de Lindau. A la fuerza porque tuvimos que parar en un paso a nivel. Hay muchos a lo largo de todo el recorrido. Así fue que conseguimos llegar juntitos al alojamiento de esa noche: el hostel Inselhostel – Judith Kleiner.

Habitación hostelHabitación sencilla pero funcional

Lo encontramos a la segunda porque me despisté un poco y lo confundí con un hotel que estaba al lado. Pasamos un momentillo de tensión porque habíamos reservado dos habitaciones familiares y en la cajetilla de seguridad de la puerta solo había una llave. Por suerte, aplicando la lógica alemana y sabiendo que las dos familias viajábamos juntas, la otra llave estaba en la habitación que abría la primera llave. Todo bien. El lugar era curioso. Teníamos habitaciones privadas pero todo lo demás era compartido: baños, duchas y cocina. A las habitaciones les estaba dando el sol de lo lindo así que dejamos las alforjas, nos duchamos y salimos a dar una vueltita. La isla de Lindau está chula. La recorrimos en poquito rato. Su monumento principal, diría yo, es un faro y una estatua de un león frente a frente que por la noche iluminan y queda bastante chulo. Nos tomamos una cervecita en una terraza junto al puerto y le dimos a los niños algo de dinero para que se fueran a su bola a buscar una heladería así que todos contentos.

faro de LindauFaro y estatua de Lindau

Volvimos al hostel a preparar la cena en la cocina compartida. Las bicicletas las tuvimos que dejar aparcadas en la calle. En el hostel no solo no había sitio sino que además estaba prohibido subir la bici a las habitaciones. Poco después de las diez estábamos en la cama. Leyendo, mirando alguna serie o alguna red social. Descansando, que al día siguiente nos esperaba otra buena etapa.

Cocinando en familiaCocinando entre todos

Etapa 3: Lindau – Arbon (49Km)

Ojo con esta etapa que nos hace pasar por tres países: salimos de Alemania, pasamos por Austria como quien no quiere la cosa y terminamos en Suiza. A ver cuántos de vosotros puede decir que estado en tres países en bicicleta en el mismo día.

En mi caso la noche fue placentera pero el día comenzó antes de lo que yo hubiera querido porque entre los cuervos y los trenes (estábamos al lado de la estación) me despertaron muy tempranete. Mala suerte, el bikepacker debe de fluir como el agua y adaptarse a todas las situaciones. Nos preparamos el desayuno en la cocina del hostel a base de tostadas, cereales, galletas y mucho café y tras dejar las habitaciones en perfecto estado de revista y abonar la cuenta a la amable recepcionista (el día anterior por la tarde ya no estaba) bajamos a la calle a por nuestras bicis. La rutina diaria de acoplar las alforjas en las bicicletas también nos acompañó durante todos los días de ruta, naturalmente.

Saliendo del hostelSaliendo del hostel. Nos encantó el alojamiento

Comenzaba nuestra tercera etapa. Más larga que la anterior. Fíjate como cada etapa va siendo un poquito más larga, ¿eh? No lo hicimos a propósito, salieron así.


Track disponible en Wikiloc

Salimos de la isla de Lindau callejeando. La idea era comprar pan en un súper que habíamos visto justo al lado del alojamiento pero iba yo pendiente de la navegación y me despisté y no paré así que íbamos los nueve abandonados a la suerte de encontrar algún sitio donde proveernos de comida para la parada del mediodía. Inadmisible.

Rodábamos por un carril bici anexo a una carreterita más o menos cerca del lago, para nuestro regocijo. No estuvo mal el principio de esta etapa. Enseguida llegamos a Bregenz, ya en Austria. No vimos ningún cartel que informara del cambio de país, la verdad. Nos dimos cuenta por la matrícula de los coches. Nos sorprendió lo bien preparada que tiene la orilla del lago. Perfectamente habilitada para el baño y distintos deportes acuáticos. Con praderas de césped y bancos enormes pensados para que el usuario se tumbe. Si esto fuera en la costa diríamos que es un paseo marítimo pero siendo un lago diremos que es un paseo laguítimo. Es una palabra que no existe, lo sé, pero debería existir.

Paseo laguitico de BregenzEn este pueblo se tiene que vivir bien

En Bregenz, además, hay una atracción que no podemos dejar de visitar. Se trata de un teleférico que te sube hasta un área recreativa con unas vistas que flipas sobre el lago y sobre las montañas austriacas. El ticket familiar de ida y vuelta cuesta 36€, en la web tienen un panfleto en español donde te cuentan de qué va la cosa.

Vistas desde arribaVistas espectaculares que la cámara no capta

Hay bar y restaurante y muchísimas rutas que hacer. A pie o en bicicleta. Nosotros apenas caminamos un poquito pero lo disfrutamos. Vimos un pequeño zoológico con animales de granja y algún que otro ciervo y echamos un rato muy divertido en un tobogán que tienen en forma de tubo con unas cuantas curvas. Muy divertido para pequeños y mayores.

TobogánTobogán que molaba infinito

Echamos ahí un buen rato tira que te tira. Volver hasta el edificio donde teníamos que tomar el teleférico de vuelta fue duro porque nos comimos una cuesta que no veas. Lo mejor cuando tienes por delante casi 40 kilómetros de bicicleta.

Reanudamos nuestra marcha con ánimo renovado tras las risas del tobogán… pero la cosa se iba a torcer, ya lo verás si sigues leyendo. No adelantemos acontecimientos. Salimos de Bregenz recorriendo bastante trecho por, digamos, terreno urbano hasta que de buenas a primeras aparece de nuevo el río Rin. Claro… entra por un lado del lago y sale por el otro, tiene su lógica. El entorno se vuelve bastante más natural. Seguimos rodando por carril bici junto a tropecientosmilmillones de ciclistas, pero el paisaje mejora.

rodando junto al rinRodando placenteramente junto al Rin

Pasamos por encima del río y parece que poco a poco van desapareciendo las urbanizaciones. Rodamos junto a campos de labor, ya no hay tantas casas en primera línea de lago. Se nos hace raro, pero es lo que esperábamos desde el principio: más entorno natural y menos asfalto.

señalesEn Alemania y Austria las señales son verdes y blancas. En Suiza son color teja

Esto mola bastante, pero tiene un punto negativo: tenemos más hambre que siete leonas y no hay una tienda donde comprar algo de comer en kilómetros a la redonda. Y el calor aprieta. Y el camino es bonito, pero bastante monótono y ligeramente cuesta arriba. Pasamos junto al chiringuito de un camping y al lumbreras que guía al grupo no se le ocurre parar para comer algo porque «un poco más adelante hay un pueblo». Luego resulta que nos separamos en varios grupos en función del estado de ánimo y de las fuerzas de cada uno. Vamos, que se han juntado una serie de factores que podríamos afirmar con bastante seguridad que han producido una crisis que tenemos que resolver.

A la sombra de unos árboles nos reagrupamos y evaluamos las opciones que tenemos. Estamos en el kilómetro 28, justo en el punto que te señalo con la flecha en la imagen siguiente, y la etapa se está haciendo bola.

Pantallazo de StravaCrisis a mitad de ruta

Veíamos no muy lejos las casas de Höchst. Una opción era dirigirse al pueblo y buscar suerte para encontrar algo donde comprar comida o donde directamente comer. A riesgo, claro, de dar más vueltas que una peonza porque tenía pinta de ser una urbanización, no el casco urbano lo que veíamos. La otra opción era seguir la ruta. Justo estábamos junto a un cartel que indicaba que quedaban 4.5 kilómetros a Gaißau, localidad por la que tenemos que pasar sí o sí. Lo sometimos a votación semidemocrática y decidimos hacer de tripas corazón y avanzar como pudiéramos hasta Gaißau. No era una opción maravillosa, más aún porque el camino discurría al sol y hacía calor, pero los mayores nos esforzábamos por tirar del grupo porque en Arbon, localidad de destino, sabíamos que nos esperaba una recompensa y convenía llegar antes de las 17:00.

Tomando decisionesComité de gestión de crisis bicicleteras

De nuevo en cabeza trato de imponer un ritmo asequible pero el estado de ánimo no es el mejor y no consigo mantener al grupo unido. Unos cuatro kilómetros de sufrimiento más adelante nos encontramos con un río… o un canal… no sabría decirte, apenas tenía seis o siete metros de ancho. Si lo buscas en Google Maps (busca Gaißau y lo verás atravesando el pueblo) verás que lo nombran como «Alter Rhein» (Viejo Rin). Siguiendo el canal en dirección sur llegamos por fin al pueblo.

Los primeros en llegar paramos en una sombra muy rica a esperar al resto. Apenas un minutito, si es que llega. Justo al lado vemos un restaurante italiano pero nos asomamos y vemos que está llenísimo. Somos 9 personas y es plena hora de comer. Jaime y yo nos acercamos a echar un vistazo un poco más adelante y vemos otro restaurante pero tiene demasiada buena pinta. No queremos gastar 500€ en una comida de pura supervivencia. Así que, como hemos parado justo al lado de un súper volvemos a tirar del recurso del bocadillo. Parece repetitivo pero… qué quieres que te diga… es una buena forma de ajustarse al presupuesto y evitar que la parada para comer dure mucho tiempo.

Mientras María y Lourdes compraban, el resto descansábamos y yo me dediqué a grabar unos clips explicando cómo eran las bicis que nos habían alquilado. Si tenéis curiosidad podéis verlo en el minuto 37:32 del vídeo de arriba.

Compramos refrescos y la comida y la bebida entró que no veas. Ya te digo que llevábamos al menos una hora y media con ganas de parar a comer. Volvimos a ponernos en marcha y para motivar un poco a los niños les dijimos que nos daríamos un baño a la llegada a Arbon. No sabían la calidad del sitio donde cumpliríamos esta promesa.

Nada mas comenzar pasamos por encima del «Viejo Rin» y pasamos a Suiza. A desconectar los datos del móvil, que el roaming cuesta dinero. Rodamos junto al canal un buen rato. No está mal, pero sería mucho mejor sin el ruido de los coches que circulan por la autovía que corre paralela a nuestro carril bici. Aún así pudimos ver un hurón cruzando el carril para escabullirse en el otro lado. Poco después abandonamos la margen del río y recorremos la mejor parte del viaje. Pena que apenas duró unos cientos de metros pero supieron a gloria. El camino, de grava en esta zona, se convierte en un túnel de árboles. Un refugio de sombra donde apetece rodar muy, muy despacito porque sabemos que lo bueno durará poco. En nuestro recuerdo quedará.

Túnel de árbolesTúnel de árboles

Rodeamos el aeropuerto de San Gallen-Altenrhein. Una zona fea, la verdad. 100% urbana. Creo que Álvaro se cayó sin consecuencias al cruzar una calle y atrancarse con las alforjas. El único atractivo que tiene es el Mercado de Altenrhein Hundertwasser, un edificio bastante molón. Como soy un inconsciente, a pesar de no tener ni repajolera idea de arte me atrevo a decir que es una mezcla de arquitectura de Gaudí y pintura de Miró. Seguramente discrepes así que te doy la razón de antemano. Lo mismo que tengo de atrevido en mis afirmaciones artísticas lo tengo de pocas ganas de discutir.

Nos quedan unos 10 kilometritos por recorrer. Ya hace tiempo que superamos la crisis pero nos cuesta bastante mantenernos unidos. Y es precisamente por eso, por las cuestas. De vez en cuando un giro (generalmente a la izquierda, por lo que sea) nos sorprende con un cuestazo que subimos con paciencia pero cada uno a su ritmo. A veces a pie, fíjate lo que te digo.

Hemos vuelto a acercarnos al lago. Aunque el recorrido es ahora 100% urbano la cercanía del agua parece que infunde ánimos. Definitivamente el grupo se parte en dos porque Jaime y María se quedan atrás ayudando a Álvaro, que con siete años está haciendo un esfuerzo enorme. Tanto físicamente como mentalmente.

Llegamos a Árbon y, para variar, me pierdo un poco para encontrar el alojamiento que hoy será un apartamento para los nueve. Muy poco después, para nuestra sorpresa, llegan los rezagados. Les hacíamos bastante más minutos por detrás. Sin enredarnos mucho subimos las alforjas al apartamento, nos ponemos el bañador y nos disponemos a coger de nuevo las bicicletas para bajar a la zona de baño: una IMPRESIONANTE piscina con trampolines, toboganes, playa privada al lago y bar con terraza. Vamos, lo que todo cicloturista necesita cuando concluye la etapa.

PiscinacaNo me atreví a tirarme por el grande, lo reconozco

Con las fotos que tenemos es imposible que entendáis lo infinito que molaban estas instalaciones. Por eso te remito a su página web o al trozo de vídeo donde Lourdes grabó a la tropa saltando. Mira que estábamos cansados, ¿eh? que el día había sido duro. Pues se nos pasaron todos los males tanto a mayores como a pequeños. Y no veas qué energía para correr escaleras arriba para volver a lanzarnos por los trampolines o el tobogán. Si te soy sincero, escribiendo esto desde la comodidad de mi butaca, me arrepiento un poco de no haberme atrevido a saltar desde el trampolín más alto. Si volviera creo que lo haría. Pero es que me dio un poco de miedo incluso saltar desde el mediano. Lo mismo tengo miedo a las alturas y no lo sabía, vete tú a saber. De nuevo expresar mi admiración absoluta por los niños que saltaron todos desde el trampolín grande. ¡Qué valentía!

La piscina cerraba a las 20 y por supuesto apuramos hasta el último momento. Subimos de nuevo hacia el apartamento y tuvimos un pequeño percance. Álvaro volvió a caerse pero esta vez pudo hacerse bastante daño. Tratando de perseguir a los mayores, que subían una cuesta a su ritmo, hizo «el afilador» con un bordillo y se fue al suelo. Fue más el sustazo que otra cosa, pero hubo llorera y momento de tensión. Por suerte la cosa quedó en nada y nos fuimos a ducharnos y a cenarnos un arroz con tomate y salchichas que nos sentó de maravilla.

Después de cenar los mayores bajamos a dar un paseíto nocturno para conocer un poco el pueblo, que no habíamos visto nada por culpa de la prisa por ir a la piscina. Arbon, como todos los pueblos de la zona, tiene rincones preciosos.

ArbonArbon de noche está muy bonito

Nos fuimos a la cama satisfechos de haber superado el ecuador del viaje. Nos quedaban solo dos etapas. Pero la siguiente, la cuarta, era la etapa reina. A ver cómo la afrontábamos.

Etapa 4: Arbon – Stein am Rhein (60Km)

Vas a flipar con la épica de esta etapa, solo digo eso.

No teníamos desayuno pero María se levantó tempranete y bajó al súper a comprar provisiones. Aprovechando que teníamos cocina preparamos un contundente desayuno a base de huevos con bacon… o galletas para los menos acostumbrados a los desayunos continentales.

Preparando las bicisRutina matinal de preparación de las bicicletas

Una vez recogido el apartamento (cuando llegamos a cualquier sitio parece que nos vamos a quedar a vivir para siempre porque sacamos todo el equipaje y revolvemos todo… para volver a recoger al día siguiente) bajamos a la calle a montar las alforjas en las bicicletas. Hoy iba a tocar sufrir, encarábamos la etapa más larga de todas. Teníamos que recorrer 60 kilómetros que aún con poco desnivel no son moco de pavo.


Track disponible en Wikiloc

Además no había ningún aliciente entre medias, ninguna piscinaca, ni teleféricos, ni nada que pudiéramos utilizar para resetear las cabezas a mitad de ruta. Así que tendríamos que tirar de motivación tradicional a base de helados y refrescos. Ya iríamos viendo. Desde el principio y previendo lo que se nos venía encima Jaime decide colocar el remolcador en la tija de su bici para tenerlo a mano. Iba a ser necesario.

Abandonamos Arbon pasando por la piscina de la tarde anterior. ¡Qué bien lo pasamos! Rodamos un buen trecho en paralelo a las vías del tren. Su cercanía nos tranquiliza porque sabemos que en el caso de que pase algo podemos usar este medio de transporte para llegar a cualquier parte, ya sea atrás o adelante en nuestra ruta.

Junto a las vías del trenRodando junto a las vías del tren

En poco menos del 10 kilómetros llegamos a Romanshorn. Otra localidad grandecita con un montón de servicios y a la que mucha gente que hace este mismo recorrido acude para pasar la noche. María, Jaime, Raúl y Álvaro no vienen. Y hace rato que les perdimos de vista. En un primer momento pensamos que las piernecitas de Álvarito habían dicho basta, pero no. Luego, al reagruparnos, nos contaron que les había pillado un paso a nivel y que habían pasado dos trenes. Vamos, que se chuparon por lo menos 10 minutos de parón.

Una vez todos juntos, continuamos nuestra marcha. Íbamos esta vez razonablemente pegados al lago pero con chalets entre nuestro carril bici y la orilla. La teoría de María, que tiene cierto fundamento, es que los muy cucos han «empaquetado» como atractivo turístico la posibilidad de darle la vuelta al lago en bici pero simplemente han reutilizado carriles o carreteras que existen desde hace tiempo para sus desplazamientos diarios. Te lo explico con un ejemplo: no sé si conoces «Arco Verde», en la Comunidad de Madrid. Se trata de un recorrido circular de uso recreativo que recorre un montón de municipios alrededor de Madrid capital. Se ha diseñado y construido pensando 100% en un uso lúdico del mismo. Pues nos da la impresión de que en el recorrido que estamos haciendo alrededor de lago Constanza ha sido al revés. Primero estaban los carriles, que daban servicio a los habitantes bicicleteros de la zona, y luego los han unido para cerrar un recorrido que llamara la atención de turistas como nosotros, pero sin atender especialmente a aspectos estéticos. Que no es feo, ya te digo, pero le falta un puntito. Es solo una teoría, vaya. Y también te digo que estamos muy condicionados por lo espectacular del recorrido del Danubio. De no haber hecho ese viaje antes estoy seguro de que en el lago estaríamos ojipláticos mirando todo con cara de bobos porque en realidad el recorrido mola en su mayoría.

En fin, que me enrollo y como no podéis pararme pues sigo y sigo. Vuelvo a centrarme en la crónica de la cuarta etapa. A la altura de
Münsterlingen hemos recorrido unos buenos 20 kilómetros del tirón. Al pasar junto a un chiringuito no dudo en parar porque hemos avanzado bastante, hace calorcete y nos merecemos un descanso y un tentenpié.

Parada motivacionalParada motivacional

Unos jarrotes para los mayores y unos helados o refrescos para los pequeños. Sentaditos a la sombra en cómodas sillas de plástico. Todo bien, salvo que la ronda nos costó más de 50 francos suizos. No creo que te sorprenda si te digo que Suiza es muy cara de turistear.

Salimos de la terraza con energías renovadas. Pero enseguida que me monto en la bici me noto la tripa rara. Bueno, será el gas de la cerveza que me la he bebido muy rápido para que no se calentara más de lo que ya estaba. Y es que en eso también tengo que protestar. La cerveza está refrigerada, no del tiempo (faltaría más) pero mucho menos fría de lo que nos gusta en España. Lo mismo es una estrategia de marketing y lo hacen para que te la bebas rápido y te pidas otra, vete tú a saber.

El plan era recorrer otro tanto antes de parar a comer para quitarnos la etapa dura de encima con eficiencia, así que avanzamos sin muchos miramientos con el único objetivo de recorrer kilómetros. Es así como llegamos de vuelta a Constanza. Sí, claro, para llegar a Stein am Rhein, nuestro destino de esta etapa, tenemos que pasar de nuevo por Constanza. Eso supone pasar de nuevo la frontera y entrar en territorio UE. Misterios de la geopolítica. Los niños dicen que si estamos en Constanza ya podríamos quedarnos, que no hay necesidad ninguna de cascarse un día mas de ruta. Qué inocentes son los angelitos, ¿verdad?

Volvemos a reagruparnos justo antes de salir de  nuevo de Alemania. Cada vez que Jaime tiene que enganchar o desenganchar el remolcador a Álvaro tienen que parar y eso hace que pierdan el tiempo suficiente como para quedar descolgados. No pasa nada, claro, esto no es una carrera, se trata de hacer el camino no de llegar al destino.

Frontera con SuizaFrontera Germano-Suiza

Es curioso como en Suiza el recorrido es más «natural» y en Alemania más «urbano». De nuevo en Suiza rodamos junto a campos de maíz. Por supuesto atravesamos pueblos y urbanizaciones, pero con menos frecuencia. Incluso parece que el lago es visible en más trechos, fíjate tú.

Estamos más o menos a mitad de ruta y todo va perfectamente, sobre ruedas. Pronto la cosa se complicaría, ya lo vas a ver. Y no lo digo por mi barriga (¿recuerdas que la cerveza me sentó medio mal?), que ha ido a peor hasta el punto de que en mitad de un pueblo suizo tengo que pegar un volantazo (para sorpresa de María que rodaba detrás de mi) para esconderme detrás de una caseta eléctrica que encuentro entre la vía del tren y un descampado para… bueno, no quiero ser demasiado explícito. Digamos que no fue vomitar. Menos mal que llevaba un paquete de pañuelos de papel como parte del equipaje «de tener a mano».  Me reincorporo al grupo y me veo obligado a dar ciertas explicaciones que no tuve tiempo material de dar antes de separarme. No descarto, no obstante, tener que volver a hacer uso de un baño. Iremos viendo.

Se está nublando, hecho que agradecemos porque la temperatura es buena y sin el sol más aún, y se acerca la hora de la comida así que nos ponemos en modo «buscar sitio donde comer». María junto al desayuno compró pan de manera que nuestro objetivo es buscar una playa donde comer tranquilos mientras nos damos un baño. Pero recorremos varios kilómetros sin encontrar un lugar apropiado. Llegamos a una especie de embarcadero pero no nos convence así que decidimos que me adelantaría un poco para ver si en el pueblo que tenemos a la vista hay algún sitio mejor. Lo hay, ciertamente, así que llamo al grupo para juntarnos todos en el punto donde yo me encuentro, en
Steckborn.

Pero de buenas a primeras, mientras preparamos los bocadillos, un fortísimo viento hace acto de presencia. Más o menos con la misma intensidad con la que yo tengo que irme a buscar un baño público.

Comida ventosaNo veas el vientazo que hacía

La cosa se iba poniendo fea por momentos, pintaba tormenta. Me refiero a tormenta climatológica, lo de mi tripa estaba más o menos controlado. Cuando vuelvo, de hecho, me encuentro con que por culpa del viento, que era tan fuerte que tiraba las bicis, se han tenido que refugiar en un túnel peatonal que comunica la travesía por la que hemos llegado y el parque donde pretendíamos comer.

Cobijados del vientoA resguardo del viento

Después de los bocatas y para hacer un poco de tiempo mientras pasaba la tormenta de viento nos metimos a tomar un cafelito que sentó de maravilla. Justo a la salida del túnel había una cafetería y nos sentamos en una mesa junto al ventanal que daba al lago. Es bastante reconfortante tomarse un cafelito a gusto mientras fuera hace un tiempo de perros. Para mí, el viento es el peor enemigo del ciclista. Peor que el frío o la lluvia. Porque te agota. Y no podíamos esperar eternamente en ese túnel así que, como nos quedaban apenas 10 kilómetros para llegar a nuestro destino, le echamos valor y decidimos ponernos en marcha.

Parece que al retomar la pedalada el viento amainó, para nuestro regocijo. Pero pocos minutos después comenzó a caer una ligera llovizna. Nada del otro mundo. Sabíamos desde el primer día que algo de agua íbamos a pillar así que, teniéndolo asumido, no nos supuso un gran problema. Mucho mejor avanzar con una ligera llovizna que con un fuerte viento, dónde va a parar.

Final de etapa bajo la lluviaRodando bajo la lluvia

No hacía frío, así que las cuatro gotas no molestaban demasiado. Además nos pusimos los chubasqueros así que nuestra temperatura corporal era razonablemente buena. Pero progresivamente comenzó a llover más fuerte. Y más y más fuerte. Y no te voy a decir que estuviera cayendo la del pulpo pero sí una lluvia lo suficientemente intensa como para que si te pilla al inicio de tu salida en bici de los domingos lo más seguro es que te quedaras en casa. Pero molaba. Mucho. Molaba mucho. Es la épica de la que te hablaba al principio de la crónica de esta etapa. Ir en bici por Suiza, lloviendo, con el final de etapa al alcance de nuestros dedos tras haber recorrido casi 60 kilómetros. Otro de esos momentos que nos quedaremos para siempre en nuestra cajita de recuerdos bicicleteros en familia.

Mojados pero contentosMojados pero felices. Perdedorismo en toda regla

Girábamos y el camino nos regalaba un repechito después de otro. Las fuerzas ya escaseaban pero hacíamos de tripas corazón y lo subíamos, ya fuera montados en la bici o caminando. Pero quedaba por abatir al monstruo de final de fase (si esto fuera un videojuego). El cuestón final que subía hasta el camping. Era sin duda la subida más dura a la que habíamos hecho frente hasta entonces. Cada uno nos enfrentamos a ella con las armas que teníamos y hubo quien echó pie a tierra antes, hubo quien lo echó después y hubo quien subió toda la cuesta dando pedales. Eso es lo de menos, lo importante es que habíamos llegado, por fin, a nuestro destino. Mojados hasta las trancas y agotados pero sonrientes. Por puro cansancio o por la inyección de adrenalina de la lluvia… vete a saber. Pero felices.

Aparcamos las bicis y entramos en la recepción del camping para hacer el check in. Cuando salimos ya no llovía, tócate las pelotas, Manolito. Bueno, mejor. Así podríamos disfrutar de las instalaciones del camping, que molaban mucho. Teníamos sendos bungalows que no tenían ni cocina ni baño. Dejamos las ropas mojadas tendidas para que se secaran y por culpa de Raúl, que está loco, nos bañamos casi todos en la piscina. Ya ves tú… casi lloviendo que estaba y nos sentó el baño de lujo para descansar las piernas y el cuerpo después del esfuerzo de la etapa felizmente terminada.

A la piscinaBañarse estando aún mojado de la lluvia cuenta como medio baño

Nos fuimos a dar una larga ducha caliente que terminó de recomponernos el cuerpo. Nos aprovisionamos en la tienda del camping de pasta, nata y bacon para hacer algo de carbonara y de unas cervezas para hacer las tareas de rehidratación del organismo. Nos las tomamos muy tranquilamente entre los dos bungalows mientras los niños jugaban en las camas elásticas, futbolín y demás entretenimientos del camping.

CervecitaTenía buena pinta pero también estaba medio caliente, no te creas

Cocinamos en la cocina común del camping y cenamos al aire libre juntando las mesas. Todas las cenas sentaban estupendamente pero esta lo hizo en especial. Nos acostamos pronto, el cuerpo estaba cansado después de cuatro días de ruta. Y la cabeza también, después de tantas emociones.

¡Vaya día, vaya etapa, vaya final! Nos quedaba solo una tirada para terminar nuestro viaje… que de momento estaba saliendo a pedir de boca.

Etapa 5: Stein am Rhein – Constanza (48Km)

Nos levantamos en el camping con una niebla bastante interesante. Debió llover durante la noche porque estaba todo mojado en el exterior. Por suerte no habíamos dejado nada secándose fuera, toda la ropa mojada del chaparrón del día anterior estaba dentro de los bungalows. Te puedes imaginar el olorcillo.

Tras asearnos, acudimos al salón restaurante para desayunar. Estaba incluido en el precio. En esta ocasión no se trataba de un bufet, te atendían en la mesa. Nos tomaron nota de la bebida y nos llevaron unas bandejas con croissants, pan, mantequilla, mermeladas, fruta fresca… vamos, un pedazo de desayuno de los buenos. Perfecto para comenzar el día con energía y optimismo.

Listos para salir del campingListos para salir del camping

Recogimos y empaquetamos en las alforjas nuestras pertenencias e hicimos el check out. Me hizo mucha gracia la despedida de la chica de recepción, que el día anterior no estaba, era la primera vez que la veíamos. Al dejas de vuelta las llaves de los bungalows nos dijo: «thanks, and happy… I don’t know (gracias y feliz.. no sé)» porque no tenía del todo claro qué podrían estar haciendo nueve españoles, la mayoría niños, en bicicleta por esos lares.

Bajamos en un santiamén la cuestarraca que tanto nos costó subir la tarde anterior y en cuatro pedaladas, como quien dice, nos plantamos en otro de los pueblos más bonitos que hemos visto jamás: Stein am Rhein (qué quiere decir «Piedra del Rin»).

Stein am RheinUn montón de rincones bonitos

Las fotos que podamos enseñaros no harán en ningún caso justicia a lo bonito que era, créeme.

Atravesamos el pueblo admirando cada rincón. Coincidió incluso que nos adelantó un Aston Martin verde precioso. Menudo momentazo. Salimos hacia el campo en lo que no dudamos en calificar del mejor comienzo de etapa de las cinco. Rodábamos por carril bici junto a campos verdes, con el lago a la vista, adelantando a grupos de boy-scouts (o equivalentes). Pero pronto, pasado Wangen, vino un cuestazo de los buenos que nos puso a todos en nuestro sitio. Menudas rampas, ahora veo en Strava algunas de casi el 12%. Sí, ya sé. En en Angliru las hay del 24%. Para nosotros subir un 12% con alforjas es toda una proeza, qué quieres que te diga…

El entorno cambia, comenzamos a rodar en paralelo a una vía rápida con continuos toboganes. Los odio. Y comenzamos a separarnos porque en las subidas Jaime tiene que remolcar a Álvaro pero en las bajadas se «desenchufan» porque son rápidas y coordinar la frenada no es fácil.

A la entrada de Hemmenhofen vimos un puesto callejero donde vendían de todo. Fruta, conservas, mermeladas… pero nos interesaba especialmente comprar pan. Ya sabes la afición que tenemos por los bocadillos en este grupo. Tenían de varios tipos, el puesto en general estaba muy bien surtido y estaba todo perfectamente ordenado… pero no había dependiente. Ya habíamos visto puestos pequeñitos de fruta desatendidos pero este tenía hasta datáfono por si querías pagar con tarjeta. Evidentemente se te viene a la cabeza si esto sería posible en España, poner toda tu mercancía y la caja de caudales con el dinero de las ventas a disposición del público. Yo creo que no.

Puesto desatendidoEl teletrabajo llevado al puesto callejero

Compramos pan y algo de fruta. Aprovechamos el ratito para hacer un descanso aunque apenas llevábamos 12 kilómetros de los casi 50 que teníamos que recorrer.


Track disponible en Wikiloc

Abandonamos esta localidad y comenzamos a rodar un buen rato por camino de grava. Yo casi que lo agradezco, nos hace salir de la monotonía del asfalto. Parece que esta zona está menos poblada y entre pueblo y pueblo no encontramos urbanizaciones, solo campo. Esto también lo agradecemos. No es que el entorno sea espectacular de la muerte pero siempre nos gusta más rodar entre árboles que entre casas.

Esta zona es reserva de la naturaleza y se nota mas… agreste. No descuidada, ojo. En Iznang hay verbena y María se pierde, se va directa a la música mientras el resto seguimos el camino indicado por las señales. No pasa nada, nos reagrupamos en un mirador de fauna acuática sobre el lago en el que aprovechamos para grabar parte de la cabecera del vídeo de Youtube.

Mirador naturalezaCamisetas de fútbol para montar en bici

Estamos a mitad de ruta y ya va siendo hora de buscar un sitio para comer. A la entrada de Radolfzell am Bodensee (que sepas que Bodensee es como llaman al lago en la región) vemos algunas señalizaciones indicando que no podemos continuar por nuestro camino pero nos hacemos los orejas y nos las saltamos. Siempre podremos alegar que no sabemos alemán. Y después de saltarnos varias prohibiciones, que pensábamos que eran por obras, vemos una valla con una muchacha con chaleco reflectante. Yo, que voy en cabeza, la esquivo porque la veo impidiendo el paso a otro grupo de ciclistas. Pero claro… somos un grupo numeroso y entre que paso yo y llega Jaime la muchacha se pone en medio y le bloquea el paso. Ni me entero y sigo adelante. Pero tras avanzar unos doscientos metros nos encontramos con otra valla, esta vez custodiada por dos señores y no nos queda más remedio que parar. Chapurreando inglés y español nos explican muy amablemente que no podemos continuar porque más adelante se está celebrando un festivalillo y han prohibido la circulación de bicicletas. Casualmente esto ocurre junto a un chiringuito así que decidimos parar a tomar algo esperando que Jaime, María y Álvaro se nos unieran enseguida. Pero claro… ellos han tenido que ir por otro camino. Con una rápida llamada telefónica aclaramos la situación. Ellos están al otro lado de las vías del tren, pero pueden pasar al nuestro cruzando por debajo porque justo estamos junto a una estación. Como el chiringuito tiene muy buena pinta aprovechamos para comer unas salchichas, escalopes, patatas, etc. Nos sentaron de lujo, el sitio era muy agradable.

Comilona bien merecidaComida rápida pero rica… y bien merecida

Ya nos cenaríamos los bocatas, no pasa nada, el pan que compramos en el puesto callejero no se iba a desperdiciar. Salimos del chiringuito con la panza llena y llenos de optimismo para encarar los últimos kilómetros de nuestra aventura.

Jaime, María y Álvaro tenían que cruzar caminando al otro lado de las vías y el resto deshacer camino para pasar por encima de ellas y juntarnos todos a la altura de la estación… pero debe de ser que nosotros fuimos más rápidos y les dejamos atrás sin verlos. Y no veas si tardaron tiempo en cogernos, íbamos rodando a unos 1o km/h pero ni por esas nos cogían. Al final conseguimos reagruparnos, naturalmente, y casi sin darnos cuenta llegamos a Constanza.

El recorrido urbano hasta la tienda de bicis fue relajado. Era domingo y serían cerca de las 16:00. Todo el mundo estaba en la calle. Bañándose en el lago, paseando, tomando algo.

Jóvenes atractivosMirada de postureo

Lo habíamos conseguido. Habíamos dado la vuelta al lago Constanza en cinco días. Uno detrás de otro, sin incidencias, sin caídas, sin disgustazos ni dramas. Los mayores disfrutando de cada kilómetro, los pequeños deseando que llegara la próxima parada motivacional. Otro viaje que podemos tachar de la lista. Habrá más, no lo dudamos, ahora que le hemos cogido el truco. Y, por supuesto, lo compartiremos con vosotros, queridos lectores, para animaros a emprender esa aventura que tenéis en la cabeza pero con la que no termináis de atreveros. Si nosotros podemos puede cualquiera. Adaptando lo que haya que adaptar, usando bicicletas eléctricas o reduciendo el kilometraje. Durmiendo en camping o en hoteles confortables, cada uno lo que necesite. Pero hacedlo, que el momento es ahora.

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